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Qatar, Al Jazeera, y la Primavera Árabe


Qatar, Al Jazeera, y la Primavera Árabe

Artículos de Opinión | Ahmed E. Souaiaia | 20-12-2011
El líder del movimiento al-Nahda, Rachid Ghannouchi, hizo su primera visita a un país extranjero después de las primeras elecciones tunecinas tras las revolución. S
u elección fue el Estado de Qatar. Los analistas ven muchos mensajes en este gesto pero algunos tunecinos están molestos por la invitación que ha extendido al Emir de Qatar.

Aunque muchos no quieren a ningún líder extranjero presente durante la sesión de apertura de la asamblea constituyente, algunos tunecinos señalan especialmente al mandatario de Qatar Hamad bin Khalifa al-Thani, como persona non grata. LO ven como un acosador que está usando Al Jazeera y su enorme riqueza para impulsar una agenda que no está necesariamente en el interés de su país.

Desde las iniciativas en las que Qatar se ha visto envuelto, no es difícil identificar ecos de ambiciones personales para amasar poder e influencia. Los funcionarios qataríes parecen haber encontrado la triple apuesta ganadora para el éxito. Un rápido análisis de sus proyectos muestra que han construido un proyecto con tres pilares: neonacionalismo árabe, islamismo y capital privado.

La única y más crucial herramienta que efectivamente conecta estos tres elementos es la información y la comunicación. Al Jazeera se convirtió entonces en la pieza central. A través de la riqueza de su petróleo, los mandatarios de Qatar financiaron a Al Jazeera y a través de Al Jazeera iniciaron unas relaciones recíprocas con los movimientos islamistas y neocolonialistas.

En este ensayo examinaremos la concepción y el fucionamiento de Al Jazeera en el contexto de la Primavera Árabe y las políticas regionales y la forma en que los mandatarios de Qatar han hecho palanca a su favor.

El canal satélite Al Jazeera ha sido una importante fuente de noticias para las masas árabes desde que se lanzó en 1996. SE construyó una reputación de fiera independencia, profesionalismo, y enfocada en los asuntos que preocupaban a la mayoría en la calle árabe.

Las gentes árabes habían perdido la confianza en sus medios de comunicación nacionales, que son vistos como la voz de su amo de gobiernos represores.

La ausencia de medios independientes y el control del gobierno sobre la información amplificó el cinismo y la desconfianza del pueblo. La mayoría de los países árabes y musulmanes han tenido un gabinete controlando la información.

Estas agencias del gobierno suelen encargarse de ejercer el control estatal sobre la prensa y otros medios de comunicación. A llos ojos de las masas árabes, entonces, el “Ministerio de Información” se convierte en un eufemismo para censura y propaganda.

Cuando los mandatarios Qataríes decidieron entrar en el negocio de la televisión por satélite, querían que su empresa se distinguiera por capitalizar este sentimiento público.

De hecho, inmediatamente antes de lanzar el canal, los mandatarios qataríes disolvieron el Ministerio de Información. Muchos de los empleados que trabajaron para el ministerio fueron eventualmente alquilados por Al Jazeera y sus varias subsidiarias.

En 2000, el director general de Al Jazeera, Mohammed Jasim al-Ali, reiteró la filosofía de los negocios de los mandatarios qataríes y su visión sobre Al Jazeera como sigue:

He venido a reconocer algo sobre el negocio de la TV en el mundo árabe: nos concentramos principalmente en el entretenimiento, programas concurso, novelas, películas. Pero creo que hay un importante campo que ha estado ausente, los programas de entrevistas y las noticias.

Nadie ha desarrollado las noticias porque la reputación de los medios de comunicación en Oriente Medio es que las noticias son censuradas y controladas por el gobierno. Los líderes de Qatar querían cambiar esto; querían tener un canal por satélite con el propósito de no esconder ninguna información.

Aunque Al Jazeera fue fundada por el gobierno de Qatar e inversores de la familia mandataria, inicialmente su jefatura y sus periodistas disfrutaron de una autonomía sin precedentes. Por ejemplo, el sucesor de al-Ali, Wadah Khanfar, no era siquiera ciudadano qatarí.

Durante su desempeño, Khanfar desarrolló una buena relación con los mandatarios de Qatar y con el icono religioso Yousef al-Qaradawi. Raramente permitió una cobertura negativa de su país anfitrión, pero su cobertura del resto del mundo árabe no le hizo ningún amigo.

DE hecho, en muchas ocasiones, un número de gobiernos, incluidos los tunecino, marroquí, egipcio, libio y sirio cerraron las oficinas de Al Jazeera en reacción a lo que consideraron “libelos”, “difamaciones” y nuevas historias “venenosas”. La hostilidad de los regímenes árabes hacia Al Jazeera no hizo sino aumentar su popularidad entre las masas árabes.

Lo que es más, la lealtad de las masas árabes hacia Al Jazeera se disparó durante su cobertura de las guerras de EE.UU en Afganistán e Irak. Reconociendo la desaprobación por parte de los pueblos árabes sobre la guerra, Al Jazeera multiplicó sus reporteros “empotrados” en los frentes de batalla e irradió incontables imágenes de civiles muertos a millones de árabes, llevando al Secretario de Defensa Donald Rumsfeld a llamar al canal “la voz de su amo de al-Qaedah”.

Cuando los EE.UU mataron a uno de los periodistas de Al Jazeera en un ataque aéreo, el lugar de Al Jazeera como fuente fidedigna de noticias para las masas árabes fue cementado.

El arresto y puesta en prisión de otros periodistas, incluyendo el reportero de Afganistán a quien los Estados Unidos retuvieron en Guantánamo durante años, añadieron también a su popularidad en los países árabes y alrededor del mundo.

Con esta reputación y este enorme capital de buena fe, Al Jazeera ha sido consistentemente capaz de influir en la opinión pública.

Muchos mandatarios árabes la han acusado de incitar a las protestas y a la disidencia.

Indudablemente, el papel que Al Jazeera jugó en la Primavera Árabe no tuvo precedentes, en especial durante los levantamientos tunecino y egipcio. Muchos tunecinos achacaron al canal la rapidez en el derrocamiento del régimen de Ben Ali.

En general, Al Jazeera era venerada por los pueblos árabes y denostada por los árabes autoritarios –hasta que los mandatarios qataríes decidieron hacer caja con su inesperada inversión.

Las recientes revelaciones acerca de la interferencia de gobiernos extranjeros y del nacional en las decisiones editoriales de Al Jazeera crearon un nuevo contexto para la toma de poder.

Todo empezó cuando Wikileaks reveló que el gobierno de EE.UU utilizó “presión blanda” para influir en la política editorial del canal y en su cobertura diaria de eventos. En paralelo, mucha gente empezó a cuestionarse la neutralidad e independencia de Al Jazeera cuando las protestas de la Primavera Árabe golpearon a los Estados del Golfo y a Siria.

Muchos observaron que la cobertura de Al Jazeera del levantamiento en Bahrein fue tímido o inexistente. Lo mismo se dijo de sus historias acerca de las protestas en las orientales Arabia Saudí y Omán.

Mientras tanto, Al Jazeera continuó su inflexible cobertura del levantamiento sirio, concediendo amplio espacio a figuras de la oposición y reproduciendo vídeos sin confirmar sobre deserciones de personal militar, secuestros y asesinatos (algunos de los cuales demostraron ser falsos)

En retrospectiva, la Primavera Árabe era una espada de doble filo para Al Jazeera en cuanto que incrementaba su popularidad en la red pero exponía los hilos políticos y financieros que la atan a los mandatarios qataríes. La caída de los regímenes tunecino y egipcio y la cobertura de esas dos revoluciones ayudaron a aumentar la popularidad del canal.

El papel de Al Jazeera en inspirar a los manifestantes libios y yemeníes es también innegable.

Pero cuando los movimientos de protesta alcanzaron los Estados del Golfo (Bahrein, Oman y Arabia Saudí), la cobertura de Al Jazeera se volvió inexplicablemente tímida. No llevó mucho tiempo que los observadores (y los lectores de las fuentes online) vieran el doble rasero.

En los mismos tiempos críticos, Khanfar fue forzado a dimitir (aunque él insistió en que fue una elección propia), y un miembro del clan mandatario qatarí lo sucedió como director general.

Inmediatamente después de este cambio de liderazgo, la cobertura de Al Jazeera se hizo notablemente distinta, e incluso los comentarios en la website del canal mostraron el cambio en las actitudes de los espectadores.

Durante los levantamientos tunecino y egipcio, los servidores de Al Jazeera fueron hackeados y en ocasiones tumbados debido al gran volumen de visitas.

Desde el levantamiento en Bahrein y Siria, sin embargo, los datos de seguimiento de visitas muestra que menos espectadores y usuarios online están confiando en Al Jazeera para ver noticias e información. El rápido declinar muestra que la lealtad de los espectadores tarda décadas en construirse, pero sólo días en perderse.

El papel de Al Jazeera como herramienta política se hizo evidente durante su cobertura del conflicto libio también. Algunos líderes libios se quejaron de que Al Jazzera cubría grupos e individuos selectos que tenían relación con al-Qaradawi, uno de los líderes del movimiento global Muslim Brethren.

También es el cabeza de la Unión Internacional de Arabistas, de estilo propio, a la que Ali Sallabi, un islamista libio, está también afiliado.

El papel político de Al Jazeera volvió a salir a la luz cuando la Liga Árabe, inopinadamente, intentó abordar la solución de la crisis siria a principios de noviembre de 2011.

Se dijo que cuando los líderes de la organización sometieron la propuesta al régimen sirio, su ministro de exteriores insistió en que el acuerdo debía incluir una estipulación requiriendo que “ciertos canales de televisión” parasen su periodismo “venenoso”.

No hay duda de que Al Jazeera se ha convertido en una fuerza poderosa y muchos gobiernos han querido bien limitar su influencia o arrogársela con fines políticos.

El régimen qatarí es muy consciente de este punto y lo han estado utilizando para elevar su perfil en el escenario internacional. Un pequeño estado con un poder militar limitado, Qatar confió en Al Jazeera para convertirse en un actor principal en la región y en el mundo.

La popularidad y la influencia de Al Jazeera entre los pueblos árabes significaba que los gobiernos árabes invirtieran esfuerzos en controlar, hasta donde fuera posible, la cobertura de Al Jazeera sobre sus regímenes.

El gobierno qatarí era capaz de convertir este deseo de control sobre la cobertura de los medios de comunicación en una ventaja política – la cobertura favorable o desfavorable del régimen se convirtió en una gallina de los huevos de oro en las negociaciones regionales.

Los mandatarios de Qatar, que han dirigido su propio país como un negocio privado, se han involucrado a sí mismos en los asuntos de muchos países y organizaciones alrededor del mundo.

Por nombrar sólo a unos pocos, se involucraron en la crisis libanesa que permitió a Hariri formar un gobierno de unidad de corta duración, jugaron un papel principal en el final del conflicto militar entre el gobierno yemení y el Houthis, intentaron unificar las facciones palestinas, y trataron de mediar en el conflicto somalí.

El Emir y su primer ministro, primo lejano, visitó Israel según ha podido saberse y se encontró en secreto con Tzipi Livni para jactarse de su pragmatismo y sus ambiciosas aspiraciones.

La implicación de los mandatarios qataríes en demasiadas iniciativas, a demasiados lados, hace que parezca que están inmersos en la diplomacia ad hoc.

Sus amplias redes de relaciones militares, políticas y diplomáticas hacen que su estrategia parezca conflictiva y falta de principios. Pero si consideramos el propio interés y el orgullo personal como las fuerzas directrices, la lógica de este bombardeo multidimensional qatarí se hace clara.

En última instancia, estas iniciativas diplomáticas, económicas y militares no habrían sido posibles sin el peso de la influencia de Al Jazeera.

En esta época de la promesa y la fragilidad de las realidades virtuales, las nuevas tecnologías, cuando están respaldadas por bolsillos financieros sin fondo, pueden construir pistas de esquí en tierras desérticas, remotas islas artificiales, cursos de golf en los tejados e interminables centros comerciales.

Desde sus pequeñas oficinas en Doha, Al Jazeera, como un proyecto mascota de los mandatarios de Qatar, se ha proyectado a sí misma alrededor del mundo en estilo y grandeur, causando temor y paranoia en los corazones y las mentes de muchos dictadores árabes.

La repentina aparición de Al Jazeera sólo es comparable con su pérdida de credibilidad cuando los Emires decidieron reclamar la premiada creación. Sin embargo en última instancia los mandatarios qataríes también se darán cuenta de que se están aferrando al viento.

El fin de una Al Jazeera independiente será un viento traumatizante para la calle árabe. Las masas árabes pueden volver a su posición anterior de buscar fuentes fidedignas de información. Volverán, una vez más, a seguir los medios oficiales para conocer los eventos pero leyendo entre líneas para saber la verdad.

O como alternativa, pueden trabajar más duro por buscar y dar apoyo a voces independientes pero financieramente combativas de blogueros y usuarios de YouTube, para buscar información crítica.

En cuanto a las estaciones de televisión por satélite, debemos reconocer la desafortunada tendencia a la desaparición del periodismo independiente.

Los ricos regímenes autoritarios están reafirmando su control en lo que a comunicaciones respecta y consolidando las herramientas del poder y la influencia.

Esto sólo puede impactar de un modo negativo al acceso de la gente a la información, piedra angular para la fundación de una sociedad civil y una ciudadanía responsable.

Ahmed E. Souaiaia imparte clase en la Universidad de Iowa. Es el autor de Politics of Appearances.

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Traducido para el CEPRID (www.nodo50.org/ceprid) por Manuel Gancedo Florín

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