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‘#spanishrevolution’ o la democracia sin adjetivos

Columnista – Pedro Reques Velasco

‘#spanishrevolution’ o la democracia sin adjetivos

  • Pedro Reques Velasco – 06/06/2011

 

La llamada #spanishrevolution se está convirtiendo en un fenómeno sociológico y mediático que ha desbordado ya lo local/nacional para convertirse en global: los medios de comunicación y las redes sociales no conocen fronteras, como tampoco las conoce la dignidad humana.

 

Esta revolución, revuelta o movimiento de protesta, aunque ha tenido inicialmente una componente generacional entre sus impulsores, pronto ha dejado de entender de edades y de generaciones por lo que respecta a quienes la desarrollan, la comprenden o la apoyan.

 

Razones objetivas para el movimiento de protesta existen. En nuestro país, y según los últimos datos de la encuesta de población activa -sin duda una de las mejores estadísticas sobre el mercado laboral del mundo-, el 35% de menores de 30 años está en paro, porcentaje que se eleva hasta el 50% para los menores de 25; la temporalidad es soportada por uno de cada dos ocupados; el abandono escolar es un problema que afecta a uno de cada tres estudiantes en la enseñanza obligatoria.

 

De otra parte, de cada 100 ocupados, 40 lo hacen en un puesto para el que les sobra formación, por lo que una buena parte de los jóvenes universitarios que buscan su primer empleo se ven obligados a devaluar/minusvalorar su currículum para que su exceso de formación no sea un hándicap a la hora de su inserción en el mundo laboral; la tasa de emancipación, que no llega al 20 %, es una de las más bajas de Europa y de los países de la OCDE, y, según las estadísticas oficiales, el 54% de los jóvenes de 25 a 29 años emancipados o semiemancipados reciben ayuda familiar para sobrevivir, porcentaje que se eleva hasta el 80% para los de 20 a 24.

 

Y es que los jóvenes, aun estando suficientemente preparados, sin duda más de lo que lo ha estado ninguna de las generaciones españolas en la historia, nunca han conocido mayores niveles de paro y desempleo, de precarización laboral, de sometimiento a la rueda te contrato hoy, para despedirte mañana y contratarte -depende de ti- pasado mañana.

 

Los jóvenes españoles nunca han estado más ignorados, marginados, mercantilizados como mano de obra, más explotados, más hipotecados, más olvidados, más silenciados y a la vez menos protegidos y representados ni han tenido menos posibilidades de emanciparse.

 

Su dulce pasado y su incierto futuro les están robando su presente.

Se rebelan con causa: quieren ser algo más que una simple estadística incómoda. Ni están tan anestesiados como creíamos ni tan divididos como imaginábamos.

 

Desde luego, no están resignados, ni humillados, ni desmovilizados, ni desahuciados, ni fracasados, ni invisibilizados, ni resentidos, ni mucho menos vencidos: de hecho, la batalla moral y la de las conciencias ya la han ganado. Además de indignados, están también comprometidos, concienciados, movilizados, interconectados en tiempo real y organizados.

 

Tras esta lista de adjetivos, ¿quién teme a la libertad? ¿Quién teme a la Democracia con mayúsculas y sin adjetivos? ¿Quién teme habitar un país cuyas regiones se llamen trabajo digno, respeto, acción, solidaridad, dignidad, compromiso y futuro?

 

El advenimiento de ese reino o república metafóricos ni va a venir de la mano de los mercados ni de las corporaciones financieras ni de los partidos políticos tradicionales ni de los sindicatos oficiales, pendientes todos del diktat de los mercados financieros o de Europa o de ambos.

 

Tal reino o república tendrá que construirse desde otros valores, por otros protagonistas, con otros fines distintos al crecimiento por el crecimiento pero sin empleo; en ese reino el poder político no estaría sometido al poder económico y, desde luego, sus ciudadanos ni temerían ni adorarían ni rendirían culto a los “esos dioses invisibles que son los inversores en el mercado de bonos del Estado”, en palabras de Paul Krugman.

 

En ese reino los avances técnicos se devolverían a la sociedad en forma de progreso social, porque solo a la sociedad pertenecen. “El fin del trabajo” en las sociedades posindustriales del que nos hablaba Rifkin no era esto.

Pedro Reques Velasco. Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria

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