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Archivo para el día “septiembre 12, 2011”

Tres años y dos billones de euros después, la crisis crece


Tres años y dos billones de euros después, la crisis crece

El mundo económico aún sigue sin encontrar soluciones a la convulsión financiera iniciada por la quiebra de Lehman Brothers.

La transfusión constante de capital a la banca mundial no ha tenido efecto en la economía real

MIGUEL ALBA / VIRGINIA ZAFRA MADRID 12/09/2011

Si existe un 11-S para la economía, ese parece la quiebra de Lehman Brothers. “Wall Street se desveló entonces como un castillo de naipes”, asegura, en uno de sus estudios, Nouriel Roubini, el profesor de economía de la Universidad de Nueva York, famoso por anticipar la crisis.

La onda expansiva de Lehman estuvo a punto de llevarse por delante en Estados Unidos a Goldman Sachs y Morgan Stanley, los otros dos gigantes financieros que se quedaron a centímetros de la tumba.

A este lado del Atlántico, el desplome de Lehman comenzó a desestabilizar las tripas de la mayoría de los gigantes bancos europeos.

Días antes del 11-S económico, el 14-S de 2008, el Banco Central Europeo recogía la exposición europea a las hipotecas subprime norteamericanas:176.000 millones de euros.

“Aquellos días parecían el Apocalipsis. La economía se llenó de muchas preguntas, demasiadas dudas, un pánico feroz y escasas soluciones”, recuerda Alejandro Inurrieta, economista jefe del Instituto de Estudios Bursátiles.

La reformulación del capitalismo se quedó en una idea: salvar la banca

El Gobierno Bush y la Unión Europea optaron por salvar al sistema financiero como vía de escape de la economía mundial. Nacionalizaciones, inyecciones parciales de liquidez, aumento de las dotaciones de los fondos de garantía de depósitos, avales en las garantías de los préstamos interbancarios…

“En eso quedó la famosa reformulación del capitalismo de la que tanto se habló. Ayudas al sistema financiero mientras se dejaba cada vez más de lado la economía real”, señala Juan Antonio Maroto, catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad Complutense de Madrid.

La factura ha consumido ya en Estados Unidos y Europa un total de 1,99 billones de euros, el doble del PIB anual español, en ayudas estatales a bancos sobrevalorados por su marca, pero con sus activos en caída libre.

En Estados Unidos, la Universidad de Harvard se mostró muy crítica con el sobreprecio (254.000 millones de dólares) que pagó la Reserva Federal en la compra de bonos y acciones bancarias que el mercado había depreciado ya a 176.000 millones.

En paralelo, tanto la Reserva Federal norteamericana como el Banco Central Europeo no han parado de inyectar liquidez al sistema interbancario para evitar el colapso. 2,5 billones de euros en el caso de la Fed; medio billón, por parte del organismo que dirige Jean-Claude Trichet.

Pero la foto del mundo económico no ha cambiado en exceso. Incluso se ha difuminado aún más. ¿De qué ha servido entonces salvar la banca mundial a costa del dinero de los contribuyentes? ¿Era la única salida posible ante la quiebra de Lehman Brothers?

“Lehman no ha ayudado a mejorar la gestión de la banca”, dice Carbó

“Los gobiernos decidieron reafirmar los principios del capitalismo financiero. Pensaron que al insuflarles capital iban a seguir encontrando la misma rentabilidad de siempre olvidándose de la solvencia de las entidades”, insiste Maroto. “Fue una huida hacia adelante que se ha demostrado que no ha servido para nada”, asevera el catedrático de la Universidad Complutense.

1,35 billones en Europa

Según las ayudas aprobadas por la Comisión Europea, la UE ha empleado ya 1,35 billones de euros (el 11% de su PIB) en salvar la banca.

Entre las entidades con mayor apoyo público destacan Royal Bank of Scotland y Lloyd’s, que cuentan con 52.609 y 23.165 millones de euros de capital del bueno (Tier 1)de procedencia estatal. “Las ayudas que se han dado desde la caída de Lehman sirvieron para parar la sangría.

En caso contrario, las pérdidas hubieran sido más cuantiosas. Pero no ha servido para sanear ni para imponer nuevos y mejores principios de gestión de la banca”, confirma Santiago Carbó, catedrático de la Universidad de Granada.

Alemania estudia inyectar capital a los bancos afectados por Grecia

Tanto Europa como Estados Unidos se han quedado a medias en las exigencias a las entidades rescatadas.

Sólo en Islandia, a la restricción de elevados salarios y exacerbados bonus para los directivos, transparencia absoluta en la nueva gestión, obligación de devolver los préstamos a unos determinados tipos de interés, que oscilan del 7 al 9% según el país, y más exigencias de solvencia, se ha unido la responsabilidad penal de los directivos ante su mala praxis.

En Europa, las nuevas exigencias de solvencia de Basilea III, que exigen a las entidades contar con un Tier 1 del 7%, se dilatan hasta 2019. Un calendario que el Banco de España ha adelantado a marzo de 2012.

Entonces, todas las entidades que coticen o tengan más de un 20% de inversores privados deberán tener un capital principal del 8%. En el caso de los bancos y cajas que no cumplan con ninguna de esas dos exigencias, deberán tener un 10%.

El debate de la solvencia, tan elevado el pasado julio con la publicación de los test de estrés a la banca europea, ha quedado pospuesto. “Ahora lo importante es sobrevivir en la tormenta perfecta que se nos avecina”, explican desde un banco de caja, que el pasado jueves entregó la última versión de su plan de recapitalización al Banco de España.

Shiller (Yale): “Laquiebra de Greciasería más agresivaque Lehman”

La crisis de deuda soberana, el castigo continuado a los valores financieros en las bolsas y, sobre todo, la posibilidad de un impago de Grecia, a pesar de que el Ejecutivo de Yorgos Papandreu ha presentado un nuevo plan de recortes para convencer a sus socios de la liberación del segundo tramo del rescate, obliga a un nuevo plan B para la banca mundial.

“Grecia podría llegar a destruir el sistema financiero mundial de forma mucho más agresiva de lo que lo hizo la quiebra de Lehman Brothers”, advierte en una de sus cátedras Robert Shiller, economista y profesor de Yale.

Para evitarlo, Europa diseña fórmulas para salvar a la banca ante la eventual caída de Grecia.

Mientras, España, Italia y Francia impulsan la creación de un mecanismo para recapitalizar de forma coordinada todas las grandes entidades, y Alemania, con el acuerdo de Holanda y Finlandia, ya ha presentado su plan a la Comisión Europea.

Según el semanario Der Spiegel, la opción teutona contempla dos instrumentos.

Por una parte, se abrirían líneas de crédito preventivas a los países con problemas, que podrían usarlas si no logran capital en los mercados financieros. Por otro lado, se inyectaría capital a los bancos afectados por la insolvencia griega para estabilizarlos.

Las cuentas del FMI, matizadas el sábado por su directora gerente Christine Lagarde, hablan de 200.000 millones de euros para recapitalizar a los bancos europeos. En Bruselas, aún no se detallan cifras. La factura de Lehman sigue acumulando ceros

fuente PUBLICO

¿Era la guerra la única opción tras el 11-S?


¿Era la guerra la única opción tras el 11-S? por Noam CHOMSKY

11sep 2011

Noam Chomsky (Filadelfia, Estados Unidos, 1928), lingüista, filósofo, escritor y analista político considerado todo un referente intelectual para la izquierda alternativa y los movimientos antiglobalización de todo el mundo.

    Este es el décimo aniversario de las horribles atrocidades del 11 de septiembre de 2001 que, en la opinión general, cambiaron el mundo.

    No hay duda del efecto de los atentados.

    Para centrarnos en los tres países más afectados, digamos que Afganistán apenas sobrevive, Irak está devastado y Pakistán se acerca a un desastre que podría ser catastrófico.

    El 10 de mayo de 2011, el presunto cerebro de ese crimen, Osama bin Laden, fue asesinado en Pakistán. Las consecuencias más inmediatas y significativas también han ocurrido en Pakistán.

    Se ha hablado mucho del malestar de Washington por que Pakistán no le entregara a Bin Laden.

    Pero se ha hablado menos de la rabia de los paquistaníes por que EEUU invadiera su territorio para llevar a cabo un asesinato político. El fervor  antiestadounidense ya se había intensificado en Pakistán y esos eventos lo atizaron aún más.

    Uno de los principales especialistas en Pakistán, el historiador militar británico Anatol Lieven, escribió en la edición de febrero de The Nation Interest que la guerra en Afganistán estaba “desestabilizando y radicalizando Pakistán, lo que podría causar una catástrofe política para EEUU –y el mundo entero– que empequeñecería cualquier otra cosa que pudiera suceder en Afganistán”.

    En todos los niveles de la sociedad, señala Lieven, los paquistaníes simpatizan de manera abrumadora con los talibanes afganos, no porque los quieran, sino porque “los talibanes son considerados una fuerza legítima de resistencia contra la ocupación extranjera del país”, tal como eran percibidos los muyahidines afganos que lucharon contra la ocupación soviética en los años ochenta.

    Estos sentimientos son compartidos por la jerarquía militar de Pakistán, que resiente amargamente las presiones estadounidenses para que se sacrifique en nombre de la guerra de Washington contra los talibanes.

    Más amargura les producen los ataques terroristas (la guerra de aviones no tripulados) de EEUU dentro de Pakistán, cuya frecuencia ha aumentado con el presidente Barack Obama, y la exigencia de EEUU de que el Ejército paquistaní lleve la guerra de Washington hacia las zonas tribales de Pakistán, a las que siempre se había dejado en paz, incluso durante el dominio británico.

    Las fuerzas armadas son una institución estable de Pakistán y mantienen unido al país. Las acciones de EEUU podrían “provocar el amotinamiento de algunos sectores de las fuerzas armadas”, advierte Lieven, en cuyo caso “el Estado paquistaní se derrumbaría efectivamente muy pronto, con todos los desastres que ello implicaría”.

    Los posibles desastres se refuerzan drásticamente por su arsenal de armas nucleares, enorme y en rápida expansión, y por el sustancial movimiento yihadista que existe en el país.

    Todo esto es legado del Gobierno de Ronald Reagan. Los funcionarios de esa época pretendieron que no sabían que Zia ul-Haq, el más despiadado de los dictadores militares de Pakistán pero favorito de Washington, estaba desarrollando armas nucleares y realizando un programa de islamización radical de Pakistán con financiación saudí.

    La catástrofe que acecha en el fondo es que se combinen esas dos herencias y que los yihadistas le pongan la mano encima a los materiales de fisión. Así, podríamos ver armas nucleares, muy probablemente bombas sucias, explotando en Londres y Nueva York.

    Lieven resume: “Soldados estadounidenses y británicos, en efecto, están muriendo en Afganistán a fin de que el mundo sea más peligroso para los pueblos británico y estadounidense”.

    Con toda seguridad, Washington entiende que las operaciones que realiza en lo que se ha dado en llamar Afpak –Afganistán y Pakistán– podrían desestabilizar y radicalizar a Pakistán.

    Los documentos de WikiLeaks más significativos que se han publicado hasta ahora son los cables de la embajadora estadounidense en Islamabad Anne Patterson, quien apoya las acciones de EEUU en Afpak, pero advierte que “podrían desestabilizar el Estado paquistaní, ganarse la antipatía tanto del Gobierno civil como de la jerarquía militar y provocar una amplia crisis de gobernabilidad”.

    Patterson menciona la posibilidad de que “alguien que trabaje en instalaciones [del Gobierno paquistaní] introduzca subrepticiamente el material de fisión necesario para llegar a fabricar un arma”, peligro que se refuerza por “la vulnerabilidad de las armas en tránsito”.

    Numerosos analistas han observado que Bin Laden se anotó algunos éxitos importantes en su guerra contra EEUU.

    Como señala Eric S. Margolis en el número de mayo de The American Conservative, Bin Laden “aseveró repetidamente que la única forma de expulsar a EEUU del mundo musulmán y derrotar a sus sátrapas era atraer a los estadounidenses a una serie de guerras pequeñas pero costosas que, a fin de cuentas, los dejaran en la quiebra”.

    Después de los ataques del 11 de septiembre se hizo evidente que Washington parecía inclinado a cumplir los deseos de Bin Laden.

    En su libro de 2004 Imperial Hubris, Michael Scheuer –analista senior de la CIA que había rastreado a Osama bin Laden desde 1996– explica: “Bin Laden ha sido muy preciso al decirle a EEUU las razones por las que está librando esta guerra en su contra.

    Está empeñado en alterar radicalmente las políticas estadounidenses y occidentales hacia el mundo islámico”, y en gran medida logró su objetivo.

    Continúa: “Las fuerzas armadas y las políticas de EEUU están llevando a cabo la radicalización del mundo islámico, algo que Osama bin Laden ha estado tratando de hacer con éxito sustancial, aunque incompleto, desde principios de los años noventa.

    En consecuencia, pienso que es justo concluir que los Estados Unidos de América sigue siendo el único aliado indispensable de Bin Laden”. Y podríamos decir que, aun después de su muerte, así siguen siendo las cosas.

    La sucesión de horrores a través del decenio transcurrido nos lleva a esta pregunta: ¿había alternativa a la respuesta de Occidente ante los atentados del 11 de septiembre?

    El movimiento yihadista, que en su mayoría criticaba a Bin Laden, pudo haberse dividido y socavado después del 11 de septiembre si el “crimen contra la humanidad”, como fueron llamados los ataques con toda justicia, hubiera sido tratado como un crimen, con una operación internacional para aprehender a los sospechosos.

    Esto se reconoció en su tiempo pero, con las prisas por ir a la guerra, nadie consideró semejante idea. Vale la pena agregar que en buena parte del mundo árabe se condenó a Bin Laden por su participación en los atentados.

    En el momento de su muerte, Bin Laden ya era una presencia apagada desde hacía tiempo y, en los meses anteriores, fue eclipsado por la Primavera Árabe. Su papel en el mundo árabe fue captado por el titular de un artículo de Gilles Kepel, especialista en Medio Oriente, publicado en The New York Times: “Bin Laden ya estaba muerto”.

    Ese titular hubiera podido publicarse mucho antes, si EEUU no hubiera atizado al movimiento yihadista con sus ataques de represalia en Afganistán e Irak.

    Dentro del movimiento yihadista, Bin Laden sin duda era un símbolo venerado, pero al parecer no desempeñaba un papel muy importante para Al Qaeda, su “red de redes” como la llaman los analistas, que emprendía básicamente operaciones independientes.

    Incluso los hechos más obvios y elementales sobre este decenio provocan reflexiones sombrías cuando consideramos los ataques del 11 de septiembre, sus consecuencias y lo que presagian para el futuro.

    fuente PUBLICO

    ¿Derechización y/o indignación?


    ¿Derechización y/o indignación?

    11 Septiembre 2011 | Categorías: Nacional
    Se está produciendo un cambio y un reajuste de las formas expresivas, formas de acción, estructuras organizativas y discursos, junto con nuevas elites representativas de una ciudadanía indignada y más activa.
    Aparte de otras dinámicas sociales paralelas, de significado cultural y sociopolítico distinto o ambivalente, se va configurando un campo social progresista o de izquierdas, globalmente positivo, con gran conciencia colectiva y valores democráticos, solidarios y de igualdad

    Antonio AntónProfesor Honorario de Sociología de la UAM, nuevatribuna.es

    Existe un bloque de poder impresionante (en el ámbito estatal, europeo y mundial), pero poco legítimo, aspecto que señala su vulnerabilidad.

    Esa deslegitimación de gran parte de la sociedad hacia su gestión de la crisis y sus políticas regresivas, sin atender a las amplias necesidades de la sociedad, ya las está condicionando, en su alcance, generalidad y ritmo.

    Pero los poderosos, los mercados, tienen un gran margen de maniobra para seguir presionando en esa dirección antisocial. Sin el reequilibrio entre las fuerzas sociales, particularmente en el ámbito europeo, es difícil un cambio sustancial.

    En el panorama europeo y español, a corto plazo, no aparecen fuerzas sociales y políticas suficientemente consistentes para forzar un cambio profundo en la orientación de la gestión y el tipo de salida de la crisis y en la regeneración de la vida democrática y el sistema político.

    Es un empeño a medio plazo pero que debe contemplarse en el horizonte y ser consecuente con él en el terreno práctico y teórico.

    Hacer frente a ese reto conlleva una mayor participación ciudadana y la profundización democrática, una revalorización de la política, en el sentido amplio de intervención ciudadana en la cosa pública, junto con la suma y convergencia de actuaciones de las izquierdas y el tejido asociativo progresista en cada ámbito, europeo, estatal o local.

    Sin la activación de la ciudadanía y la expresión pública y persistente de la exigencia de rectificación de la política socioeconómica dominante, existe poco margen para la consecución de pactos equilibrados o reformas sustantivas. Las propuestas alternativas crean conciencia social y son guías para la acción práctica por un cambio más justo. Pero dependen del grado de apoyo ciudadano, de su fuerza social.

    La socialdemocracia, en gran medida, ha renunciado a sus compromisos sociales, se mantiene dependiente de esas estructuras de poder, ha perdido la confianza de una parte de sus bases sociales, tiene poca credibilidad para renovar su discurso, y su futuro es incierto.

    Al mismo tiempo, el resto de la izquierda política aunque posee cierta representatividad electoral e institucional (sobre todo en el ámbito local) está muy fragmentada y tiene diversas inercias del pasado, limitada influencia y capacidad transformadora, y está muy condicionada por sus intereses inmediatos de conseguir resultados electorales y presencia institucional.

    En ese sentido, la esfera político-institucional todavía presenta más dificultades y complejidades para proceder a su consolidación y renovación, para reflejar en el campo electoral e institucional los cambios progresistas que se van produciendo en el campo social.

    La cuestión abierta es cómo se configuran las nuevas representaciones y expresiones públicas. En el plano político, incluido la crisis y/o renovación de los partidos socialistas a medio plazo y la articulación del resto de la izquierda política –contando la nacionalista y la verde-.

    Pero, sobre todo, en el plano social, en la configuración de esa corriente social y sus expresiones organizativas, tanto en el movimiento sindical cuanto en el conjunto del tejido asociativo y los movimientos sociales, particularmente, la consolidación y la continuidad o no del movimiento 15-M tras las elecciones generales del 20-N.

    Por tanto, se está produciendo un cambio y un reajuste de las formas expresivas, formas de acción, estructuras organizativas y discursos, junto con nuevas elites representativas de una ciudadanía indignada y más activa.

    Aparte de otras dinámicas sociales paralelas, de significado cultural y sociopolítico distinto o ambivalente, se va configurando un campo social progresista o de izquierdas, globalmente positivo, con gran conciencia colectiva y valores democráticos, solidarios y de igualdad, y bien orientado en sus objetivos generales de justicia social.

    Con el sedimento de toda la trayectoria progresista desde la transición democrática, su configuración específica en esta etapa está en sus comienzos y tiene todavía diversas carencias.

    Una, importante, es su reflejo en las instituciones políticas (o en el campo electoral). Para ello debe madurar más, afirmar su autonomía de esa esfera institucional, favorecer una mayor renovación de los propios partidos políticos progresistas y de izquierda, así como modificar el sistema institucional y electoral y las formas de participación democrática.

    La insuficiencia y la dificultad mayor es sobre la consistencia, continuidad y unidad de esa corriente ciudadana como fuerza social operativa (incluida la reorientación y dinamismo del movimiento sindical, la articulación del movimiento 15-M, el devenir de las izquierdas nacionalistas y el desarrollo de otros movimientos sociales, como el ecologista).

    Afecta a su componente sociocultural, expresivo y de articulación democrática, a su influencia en las políticas públicas y al condicionamiento del propio poder político y económico, junto con las posibilidades de configuración de nuevas élites representativas –contando con parte de las anteriores en un proceso de renovación y regeneración- con un nuevo pensamiento social más crítico.

    Otro aspecto de esta nueva dinámica ciudadana son los resultados transformadores en la conciencia social, las condiciones de vida concretas, los equilibrios sociales y las soluciones a medio plazo. Ello, en un contexto político de probable dominio institucional de las derechas políticas (con la victoria del PP en las elecciones generales) y unas dinámicas económicas que no superen el estancamiento económico y del empleo, se subordinen a los mercados y fuercen mayores recortes sociolaborales.

    En ese sentido, cabe el desarrollo de dinámicas problemáticas: ascenso del populismo y la xenofobia, conflictos interétnicos, tendencias autoritarias y derechistas, agresividad intergrupal, prevalencia del orden social y económico y miedo al cambio… Y tampoco hay que descartar evoluciones paralelas y tensas de ambos sentidos, reaccionario o progresista, de esas nuevas tendencias sociales.

    En todo caso, la radiografía del sistema institucional derivado de las elecciones generales del 20-N (al igual que el 22 de mayo, con las locales y autonómicas) probablemente con una mayoría de derechas en el Parlamento es expresivo no tanto del aumento del electorado de derechas, cuanto de la desafección de una parte de la base electoral socialista, así como la fragmentación y debilidad del resto de la izquierda política, amplificada por el sistema electoral poco proporcional.

    El resultado puede ser una composición del parlamento y el Gobierno, legales según la normativa actual, con importante legitimidad al descansar en un amplio proceso electoral, pero sin una confianza popular mayoritaria y con el riesgo de pretender acapararla en exclusiva, para todo y durante cuatro años, en detrimento de la posición crítica de una gran parte de la ciudadanía poco representada institucionalmente.

    Y aquí, al igual que en otras ocasiones con la propia legitimidad de los sindicatos, adquirida a través de otros canales representativos, habrá que valorar los apoyos reales que los diferentes segmentos de la sociedad aportan a través de otras formas de representación sobre los temas más significativos y en cada momento trascendental, como con la exigencia de un referéndum para decidir la reforma constitucional.

    Así, junto a la derechización del sistema político, en el plano social, puede pervivir un bloque ciudadano crítico con las políticas conservadoras de ambos grandes partidos institucionales entre los que, aparte de la crispación de su pugna electoral, han coincidido en la orientación regresiva (mayor o menor) de la gestión de la crisis y en la desconsideración –poco democrática- a la amplia opinión ciudadana que ha manifestado su indignación.

    En Europa (y en España), cabe una involución conservadora, autoritaria y populista y, particularmente, un repliegue nacionalista en los países centrales, el debilitamiento del modelo social europeo y de una unidad solidaria. Pero junto a esa tendencia también hay signos de la defensa ciudadana de los derechos sociolaborales y la participación democrática.

    La realidad es ambivalente y el sentido del devenir sigue abierto. Como dice Touraine, la crisis es el resultado de la ruptura impuesta por los financieros entre sus intereses y los del conjunto de la población; los agentes sociales, golpeados por la crisis económica y social, pueden sufrir tanto una exclusión social creciente, como ser testigos de una aceleración de la mutación cultural. Según este autor, los años venideros oscilarán entre la catástrofe y la refundación de la sociedad.

    Su objetivo es estudiar los factores que pesarán en un sentido u otro, y destaca la importancia de la cultura de los derechos humanos universales. Igualmente, aquí se destaca la relevancia de los derechos sociales y económicos y la participación democrática de una ciudadanía activa, la importancia de la política, como intervención de la sociedad en los asuntos públicos y la regulación de la economía, frente a la tendencia hacia la prioridad de los beneficios privados que guía la economía liberal y su independencia de la sociedad, la ética colectiva y los poderes públicos.

    Se puede aventurar una dinámica para los próximos años con dos elementos: el probable nuevo ciclo político con hegemonía institucional de las derechas –con los resultados de las elecciones generales del 20-N-, y la persistencia de los grandes problemas socioeconómicos y de empleo.

    Su evolución y, sobre todo, el tercer elemento, las respuestas de la sociedad, de las diferentes corrientes y movimientos sociales, irán condicionando y definiendo el futuro. No todo está dicho, ni el poder establecido es el único que tiene la palabra.

    La ciudadanía activa e indignada, los grupos de izquierda y los movimientos sociales –incluido el sindicalismo- también tienen cosas que decir. La acción colectiva progresista y el pensamiento crítico son el camino a recorrer.

    En todo caso, la trayectoria de estos dos años pasados de respuesta ciudadana a la crisis y sus gestores, con sus aciertos y errores, insuficiencias y virtudes, nos ha traído enseñanzas, ha configurado una dinámica sociopolítica con altibajos, avances y retrocesos, pero prometedora, y ha recorrido un camino desde el que hay que continuar caminando.

    El futuro está por venir, depende de lo que hagamos en el presente; la realidad social tiene distintas posibilidades de evolución y ofrece diversas oportunidades, pero este devenir es estimulante para los partidarios de un cambio social por la igualdad.

    Las coyunturas críticas en la historia añaden complejidades y dificultades para la acción práctica y el pensamiento social, hacen envejecer o desplazar determinados discursos, élites, proyectos y formas sociales, pero también ofrecen, no sin esfuerzos adicionales, oportunidades y estímulos para renovarlos y crear nuevas ideas y formas expresivas que favorezcan la interpretación más adecuada de la realidad y la acción práctica más justa para cambiarla.

    FUENTE ATTAC-MADRID


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