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¿Debería España salir del euro? Cuanto antes, es tarde


¿Debería España salir del euro? Cuanto antes, es tarde
Tras la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo y del Consejo de la UE de los días 8 y 9 de diciembre de 2011, continuar dentro de la moneda común sólo traerá más desigualdades y fracturas sociales.
Gregorio López Sanz | http://gregoriolopezsanz.blogspot.com | Hoy a las 9:33 | 498 lecturas | 2 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/deberia-espana-salir-euro-cuanto-antes-tarde
Hay quienes dicen que una salida del euro de España en el contexto de la actual crisis sería un desastre.
 
Sin embargo, los/as que así se manifiestan no suelen calificar de desastre lo que YA está aconteciendo como consecuencia de seguir aferrados a toda costa al euro y a sus reglas:
 
las nulas esperanzas de millones de trabajadores/as de encontrar un empleo, la quiebra generalizada de administraciones públicas y los servicios que hasta ahora venían prestando, el miedo creciente de la gente a su futuro inmediato, el poder absoluto de los magnates de las finanzas gracias a la connivencia de políticos cómplices, el aumento de la represión policial para frenar las ansias de ciudadanía de la gente indignada, el pisoteo de derechos sociales porque la estabilidad presupuestaria se impone a las personas,…Toda esta cruda realidad se ha gestado, ha irrumpido y se está propagando gracias a una moneda única pensada y estructurada para mayor gloria de los bancos.
 
Límites estrictos al déficit público y a la manera de financiarlo exclusivamente a través de los bancos privados y fondos de inversión especulativos.
 
Un Banco Central Europeo (BCE) que se abre de par en par y ofrece créditos en barra libre a estos mismos bancos, mientras que se cierra a cal y canto a la hora de facilitar financiación a la economía real: pequeñas empresas, familias y administraciones públicas.
 
Instituciones de la Unión Europea que, de acuerdo con su tradición de mercaderes más mezquina, no quieren ni oír hablar de fiscalidad justa ni de políticas redistributivas que permitan reforzar la solidaridad e invertir las vergonzosas desigualdades sociales.Así, después de los resultados decepcionantes del Consejo de Gobierno del BCE y del Consejo de la UE, aliñados con los flirteos de ambas instituciones con el Fondo Monetario Internacional, la agonía del euro se prolonga, y se lastran con ruedas de molino las esperanzas de quienes más están sufriendo las consecuencias de la crisis.
 
Por ello, ante este panorama desolador, cualquier alternativa se presenta como digna de estudio y de posible aplicación.Salir del euro implica, sobre todo, recuperar instrumentos de política económica que tradicionalmente tenían los estados de la UE, y de los que hoy incluso siguen disponiendo EE.UU, Reino Unido, China y la mayor parte de los estados del mundo.
 
Me refiero a utilizar la política monetaria y financiera para favorecer la consecución de objetivos como el impulso de la actividad económica dirigida a satisfacer las necesidades básicas de la ciudadanía (vía tipos de interés y tipos de cambio).
 
También pasa por recuperar el control ciudadano de los mercados financieros y de las instituciones que operan en ellos, avanzando en el impulso y consolidación de una banca pública y cooperativa que atienda con criterios sociales aquellos ámbitos básicos de la vida que la banca privada deja de lado o bien atiende con criterios de usura.Salir del euro implica, expulsar (bueno, saldrán ellos solos en estampida) a todos los capitales especulativos que ante el temor de una devaluación de la nueva peseta, buscarán evitar una pérdida patrimonial. Perfecto.
 
Una vez que hayan salido, no hay que dejarles entrar de nuevo.
 
Hay que imponer férreos controles de movimientos de capital para evitar que la especulación continúe con sus estragos, teniendo claro que ello (los controles de capital) fue la norma en todos los países desde el final de la II Guerra Mundial hasta los años 80 del siglo XX, en que el pensamiento único neoliberal puso precio a todo, de la mano de legislaciones desreguladoras y liberalizadoras, que favorecieron la concentración del poder y la privatización y desmantelamiento de lo público.Salir del euro implica, reconocer la falacia y la inviabilidad del crecimiento económico como solución a los males sociales y ambientales de nuestras sociedades. Frente a un mercado global y un mundo en venta, es preciso apostar por relaciones sociales y económicas de cercanía donde, superado cierto nivel básico, más producción y consumo no es mejor.
 
En definitiva, desenmascarar el mito del crecimiento económico y comenzar a transitar por las sendas que nos propone “el decrecimiento” y/o “el buen vivir”. De las dos funciones básicas del dinero, medio de cambio y depósito de valor, sólo debería protegerse la primera, y la segunda, ligada a la acumulación de riqueza y a la especulación financiera, debería restringirse severamente.Salir del euro implica, rechazar la pertenencia a un club de países que se rige mediante normas fijadas por los grandes lobbies empresariales y financieros, donde dos estados marcan la estela a seguir y el resto aprueba acríticamente.
 
Y si a algún gobierno se le ocurre cuestionarlas, se ejecuta un golpe de estado a partes iguales entre especuladores e instituciones económicas internacionales, y se ponen en el poder un grupo de “tecnócratas” bien adiestrados, con una amplia experiencia al servicio de la bestia financiera.Salir del euro implica, tomar las riendas de nuestro propio destino. Asumir que se va a producir un fuerte choque con colapso incluido (en línea con el que ya está teniendo lugar), pero que podemos aprovechar el momento para impulsar de raíz un cambio de envergadura, no cosmético, en línea con la profundidad y la gravedad de la crisis sistémica en la que estamos inmersos.Pero como cabe pensar que el próximo gobierno del PP no se va a sumar al cambio al que invitan estas propuestas, y además no hay tiempo que perder, toca a la gente, organizada en pequeñas comunidades, comenzar a vivir de otra manera.

 
Sin perder de vista lo que ocurre en las altas instancias de gobierno, sin dejar de luchar en la calle por cambios globales, pero comenzando ya a transformar lo más cercano, lo local, comenzando por nosotros/as mismos/as, uniendo inquietudes y respuestas. No hay excusa. La desunión en estos momentos es un lujo que sólo podrían permitirse los ricos, y ni ellos la practican.
 
Más información:
 

¿Cómo salir del euro para volver a las monedas locales?

France Press
11/12/2011

¿Se pueden resucitar las pesetas, los dracmas o las liras? Esta posibilidad, pese a parecer de ciencia ficción, ha dejado de ser un tabú para los economistas, que ya imaginan cómo habría que proceder, teniendo como prioridad evitar el pánico entre la población.

 

En un primer momento “las autoridades monetarias de la Eurozona cesarían de considerar al euro como moneda común, iniciando una serie de procedimientos que exigirían una nueva emisión de moneda por los bancos centrales nacionales”, considera Paul Reis Mourao, de la universidad portuguesa de Minho en Braga.

Así, las fábricas nacionales de moneda dejarían de imprimir euros -España por ejemplo se encarga de los billetes de 5 y 20 euros- y se pondrían manos a la obra con sus propias divisas durante meses.

Según el Wall Street Journal, algunos bancos centrales europeos se preparan ya para reimprimir sus monedas locales. Irlanda, citada en el artículo, lo desmintió firmemente.

Pero, apenas impresas, las monedas más débiles, como la peseta o el escudo portugués, se devaluarían bajo la presión de los mercados, mientras que el marco alemán se dispararía.

Esto amenazaría con provocar el pánico de unas poblaciones cuyos ahorros podrían perder un 50% de su valor, según varios estudios. Y si retirasen en masa su dinero de los bancos, se produciría “un colapso absoluto del sistema financiero de este país”, advierte Federico Steinberg, economista del instituto español Elcano.

Así ¿qué es mejor, actuar por sorpresa o explicar primero la idea a la población? Las opiniones divergen.

Todo debería decidirse secretamente en una noche y que al día siguiente los mercados y los bancos permanezcan cerrados al menos durante doce horas para impedir a todos sacar su dinero”, considera Franco Bruni, profesor de la universidad italiana Bocconi de Milán.

“Una manera de hacerlo sería anunciar un día, sin que nadie lo sepa antes ‘estamos congelando vuestras cuentas porque vamos a volver a la moneda original'”, piensa Gayle Allard de la IE Business School de Madrid.

“La dificultad es que ésta es una economía muy grande. ¿Cómo fabricar suficientes billetes en secreto?”, se pregunta no obstante.

Otros, como el profesor de Economía Eduardo Martínez Abascal, tienen una opinión diferente.

Es necesario “hacer una campaña de comunicación espectacular, para decir ‘hemos llegado a la conclusión que hay que volver a la peseta y las ventajas serán esto, esto, esto…'”.

Una divisa débil tiene sus ventajas, recuerda este profesor de la IESE Business School de Madrid. Así, “Grecia podría vender al exterior a mitad del precio; pasando a las drachmas, volvería a ser un país barato y así llenar el país de turistas”, afirma.

“Hay un efecto maravilloso” si se sale del euro, señala también Allard, “es que recuperas tu tipo de cambio, puede caer tu moneda y puedes empezar a exportar“.

Sin embargo, existe el riesgo, previene Bruni, de que cada país intentase ser más barato que su vecino emprendiendo una “carrera de devaluación“.

Pero con una moneda débil, los productos importados como el petróleo se volverían muy caros.

“Sufriríamos una pérdida de poder adquisitivo, con tendencia inflacionistas y una caída del nivel de vida“, admite Mourao. “Necesitaríamos 10 a 15 años para estabilizar la situación”.

Y la deuda pública, ¿seguiría siendo en euros, empujando al Estado a la suspensión de pagos, o se convertiría a la moneda local, lo que enfurecería a los mercados?

Como recuerda Steinberg, “introducir el euro fue un proceso muy delicado y muy largo de planificacion de más de dos años y entonces, lo ideal, si uno quisiera abandonar el euro, sería tomar el mismo tiempo para deshacer eso”.

“Lo que pasa es que si se produce una salida del euro, seguramente va a ser abrupta y desordenada, y por lo tanto mucho más complicada”, agrega.

eleconomisata.es

 

PAUL KRUGMAN

Matar al euro

 

PAUL KRUGMAN 04/12/2011

¿Se puede salvar al euro? No hace mucho, nos decían que el peor desenlace posible era una suspensión de pagos de Grecia. Ahora parece muy probable un desastre mucho más extendido.

 
  • La mezcla de austeridad y de obsesión por la inflación hace imposible escapar de la deuda

Es cierto que la presión en los mercados se relajó un poco el miércoles después de que los bancos centrales hicieran el sensacional anuncio de una ampliación de las líneas de crédito (lo cual, a efectos prácticos, apenas supondrá una diferencia).

Pero hasta los optimistas ven ahora que Europa se encamina hacia la recesión, mientras que los pesimistas advierten de que el euro podría convertirse en el epicentro de otra crisis financiera mundial.

¿Cómo se han torcido tanto las cosas? La respuesta que oímos todo el tiempo es que la crisis del euro fue provocada por la irresponsabilidad fiscal. Enciendan el televisor y muy probablemente encontrarán a algún lumbreras declarando que si Estados Unidos no recorta el gasto terminará como Grecia. ¡Greeeeeecia!

Pero lo cierto es casi lo opuesto. Aunque los líderes europeos siguen insistiendo en que el problema es un gasto demasiado elevado en las naciones deudoras, el auténtico problema es un gasto demasiado reducido en Europa en su conjunto. Y sus intentos de arreglar las cosas exigiendo una austeridad cada vez más severa han desempeñado un papel decisivo para empeorar la situación.

La historia hasta el momento: en los años que precedieron a la crisis de 2008, Europa, al igual que Estados Unidos, tenía un sistema bancario fuera de control y una deuda que aumentaba a toda velocidad.

Sin embargo, en el caso de Europa, gran parte de los préstamos eran transfronterizos, ya que los fondos de Alemania fluían hacia el sur de Europa. Estos préstamos se consideraban de bajo riesgo. Todos los receptores estaban en el euro, así que, ¿qué podía ir mal?

La mayoría de estos préstamos, por cierto, fueron a parar al sector privado, no a los Gobiernos. Solo Grecia registraba grandes déficits presupuestarios durante los años de vacas gordas; España tenía de hecho un superávit justo antes de la crisis.

Entonces la burbuja estalló. El gasto privado en las naciones deudoras cayó drásticamente. Y la pregunta que los líderes europeos deberían haber estado haciendo era cómo mantener esos recortes del gasto sin causar una recesión en toda Europa.

En lugar de ello, sin embargo, respondieron al inevitable aumento del déficit, impulsado por la recesión, exigiendo que todos los Gobiernos -no solo los de las naciones deudoras- recortaran el gasto y aumentaran los impuestos.

Desestimaban las advertencias de que esto profundizaría la recesión. “La idea de que las medidas de austeridad pueden provocar un estancamiento es errónea”, declaraba Jean-Claude Trichet, en aquel entonces presidente del Banco Central Europeo. ¿Por qué? Porque “las políticas que inspiran confianza impulsarán la recuperación económica, no la obstaculizarán”.

Pero el hada de la confianza no se presentó.

Y esperen, hay más. Durante los años del dinero fácil, los salarios y los precios en el sur de Europa aumentaron mucho más deprisa que en el norte de Europa. Esta divergencia debe corregirse ahora, bien mediante una bajada de los precios en el sur o mediante una subida de los precios en el norte.

Y no da igual cuál de las dos: si el sur de Europa se ve obligado a recuperar la competitividad a través de la deflación, pagará un alto precio con el empleo y empeorará su problema de deuda. Las posibilidades de éxito serían mucho mayores si el desfase se corrigiera mediante un aumento de los precios en el norte.

Pero para corregir el desfase mediante un aumento de los precios en el norte, los responsables políticos tendrían que aceptar temporalmente una inflación más alta para la eurozona en su conjunto.

Y ya han dejado claro que no piensan hacerlo. De hecho, el pasado abril, el Banco Central Europeo empezó a aumentar los tipos de interés, a pesar de que para la mayoría de los observadores era evidente que la inflación subyacente era, en todo caso, demasiado baja.

Y probablemente no sea una coincidencia que abril fuera también el mes en que la crisis del euro entró en una nueva fase, más grave. Olvídense de Grecia, cuya economía tiene para Europa aproximadamente la misma importancia que la de Miami para Estados Unidos.

A estas alturas, los mercados han perdido fe en el euro en su conjunto, lo cual ha hecho que los tipos de interés suban todavía más para países como Austria y Finlandia, que no se distinguen precisamente por ser derrochadores.

Y no es difícil ver por qué. La combinación de austeridad para todos y un banco central enfermizamente obsesionado con la inflación hace que sea básicamente imposible para los países endeudados escapar de la trampa de la deuda y, por consiguiente, es la fórmula para multiplicar las suspensiones de pagos, los pánicos bancarios y el desplome financiero.

Espero, por nuestro bien y por el de los europeos, que estos cambien de rumbo antes de que sea demasiado tarde. Pero, para ser sincero, no creo que vayan a hacerlo. De hecho, es mucho más probable que Estados Unidos les siga por el camino hacia la ruina.

Y es que en Estados Unidos, al igual que en Europa, la economía se ve debilitada por deudores en apuros (en nuestro caso, los propietarios de viviendas fundamentalmente). Y en Estados Unidos también necesitamos desesperadamente políticas fiscales y monetarias expansionistas para sostener la economía mientras estos deudores tratan de recuperar la salud financiera. Así y todo, al igual que en Europa, la retórica pública está dominada por los cascarrabias del déficit y los obsesos de la inflación.

De modo que la próxima vez que oigan a alguien afirmar que si no recortamos el gasto nos convertiremos en Grecia, su respuesta debería ser que si en efecto recortamos el gasto mientras la economía sigue deprimida, nos convertiremos en Europa. De hecho, ya llevamos hecha gran parte del camino.

 

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008. 2001. New York Times Service. Traducción de News Clips.

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