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El capitalismo global y el fascismo siglo 21


William I. Robinson
William I. Robinson
William I. Robinson, profesor de estudios de sociología y global en la Universidad de California en Santa Bárbara.
El capitalismo global y el fascismo siglo 21
La crisis económica mundial y el ataque a los derechos de inmigrantes están unidos en una red de fascismo del siglo 21.
Última modificación: 08 de mayo 2011 08:59
El CCT ha descargado miles de millones de dólares en alimentos, energía y otras materias primas globales en los mercados de bonos en todo el mundo [Gallo / Getty]

La crisis del capitalismo global no tiene precedentes por su magnitud, su alcance global, en la medida de la degradación ecológica y el deterioro social, y la escala de los medios de violencia. Realmente se enfrentan a una crisis de la humanidad. Las apuestas nunca han sido mayores, nuestra propia supervivencia está en riesgo. Hemos entrado en un período de grandes trastornos e incertidumbres, de cambios trascendentales, lleno de peligros-si también oportunidades.

Yo quiero discutir aquí la crisis del capitalismo global y la noción de distintas respuestas políticas a la crisis, con un enfoque en la respuesta de la extrema derecha y el peligro de lo que me refiero como fascismo del siglo 21, particularmente en los Estados Unidos.

Frente a la crisis exige un análisis del sistema capitalista, que ha sufrido una reestructuración y transformación en las últimas décadas. El momento actual involucra una fase cualitativamente nueva transnacional o global del capitalismo mundial que se remonta a la década de 1970, y se caracteriza por el aumento de capital verdaderamente transnacional y una clase capitalista transnacional, o TCC. El capital transnacional ha sido capaz de liberarse de las limitaciones del estado-nación a la acumulación de más allá de la época anterior, y con él, para cambiar la correlación de fuerzas de clase y sociales en todo el mundo mucho a su favor – y para socavar la fuerza de los movimientos populares y de clase trabajadora en todo el mundo, a raíz de las rebeliones globales de los años 1960 y 1970.

El capital transnacional emergente sufrió una gran expansión en los años 1980 y 1990, la participación de la hiper-acumulación a través de las nuevas tecnologías como los ordenadores y la informática, a través de las políticas neoliberales, ya través de nuevas modalidades de movilización y explotación de la fuerza laboral mundial, incluyendo una nueva ronda masiva de la acumulación primitiva, desarraigo y el desplazamiento de cientos de millones de personas, especialmente en las zonas rurales del tercer mundo, que se han convertido en migrantes internos y transnacionales.

Nos enfrentamos a un sistema que ahora está mucho más integrada, y los grupos dominantes que se han acumulado una cantidad extraordinaria de poder transnacional y el control de los recursos y las instituciones mundiales.

La acumulación militarizada, la especulación financiera – y el saqueo de los presupuestos públicos

A finales de 1990, el sistema entró en crisis crónica. Fuerte polarización social y la desigualdad creciente contribuyó a generar una profunda crisis de sobreacumulación. La extrema concentración de la riqueza del planeta en las manos de unos pocos y el empobrecimiento acelerado, y el despojo de la mayoría, los participantes, incluso forzados en la reunión anual del Foro Mundial del 2011 Económico en Davos a reconocer que la brecha entre los ricos y los pobres en todo el mundo es “el desafío más serio en el mundo” y está “aumentando el espectro de la inestabilidad y las guerras civiles en todo el mundo.”

Las desigualdades mundiales y el empobrecimiento de amplias mayorías significan que los capitales transnacionales no pueden encontrar salidas productivas para descargar las enormes cantidades de excedentes que ha acumulado.En el siglo 21, la TCC se dirigió a varios mecanismos para sostener la acumulación global, o con fines de lucro, en la cara de esta crisis.

Uno de ellos es la acumulación militarizada, llevando a cabo guerras e intervenciones que desencadenan ciclos de destrucción y reconstrucción y generan enormes beneficios para una constante expansión militar-industrial de las prisiones, la seguridad financiera compleja. Ahora estamos viviendo en una economía de guerra global que va mucho más allá de esas “guerras calientes” en Irak o Afganistán.

Por ejemplo, la guerra contra los inmigrantes en los Estados Unidos y en otros lugares, y más en general, la represión de los movimientos sociales y las poblaciones vulnerables, es una estrategia de acumulación independiente de los objetivos políticos. Esta guerra contra los inmigrantes es muy rentable para las empresas transnacionales. En los Estados Unidos, el sector privado de inmigrantes complejo industrial carcelario es una industria en auge. Los inmigrantes indocumentados constituyen el sector de más rápido crecimiento de la población carcelaria de EE.UU. y están detenidos en centros de detención privados y deportados por las empresas privadas contratadas por el estado de EE.UU..

No es de extrañar que William Andrews, director general de la Corrections Corporation of America, o CCA – el mayor contratista privado de EE.UU. para los centros de detención de inmigrantes – declaró en 2008 que: “La demanda de nuestras instalaciones y servicios pueden verse afectados negativamente por la relajación de los esfuerzos de hacer cumplir … oa través de la despenalización [de inmigrantes] “. Tampoco es ninguna sorpresa que la CCA y otras corporaciones han financiado la ola de neo-fascista legislación anti-inmigrante en Arizona y otros estados de EE.UU..

La aprobación de la ley anti-inmigrantes ilegales en Arizona desató protestas nacionales e indignación [Gallo / Getty]

Un segundo mecanismo es el asalto y saqueo de los presupuestos públicos. El capital transnacional utiliza su poder financiero para tomar el control de las finanzas estatales e imponer la austeridad sobre la mayoría trabajadora, lo que resulta de la desigualdad cada vez más social y las dificultades. El TCC ha utilizado su poder estructural para acelerar el desmantelamiento de lo que queda de los estados sociales de salarios y el bienestar.

Y una tercera es frenética especulación financiera mundial – de inflexión de la economía mundial en un casino gigante. El CCT ha descargado miles de millones de dólares en la especulación en el mercado de la vivienda, la alimentación, la energía y otros mercados mundiales de productos básicos, en los mercados de bonos en todo el mundo (es decir, los presupuestos públicos y las finanzas del Estado), y en todos los imaginables “derivado”, que van desde cobertura los fondos de los swaps, los mercados de futuros, obligaciones de deuda colaterales, activos piramidal, y esquemas de Ponzi. El colapso de 2008, del sistema financiero mundial no era más que la gota que colmó el vaso.

Esto no es un cíclico, sino una crisis estructural – una crisis de reestructuración, como la que tenía en la década de 1970, y antes de eso, en la década de 1930 – que tiene el potencial para convertirse en una crisis sistémica, dependiendo de cómo los agentes sociales responden a la crisis y en una serie de contingencias desconocidas. Una crisis de reestructuración significa que la única manera de salir de la crisis es reestructurar el sistema, mientras que una crisis sistémica es aquella en la que sólo un cambio en el sistema en sí va a resolver la crisis. Los tiempos de crisis son tiempos de rápido cambio social, cuando la agencia colectiva y la contingencia entran en juego más que en los tiempos de equilibrio en un sistema.

Respuestas a la crisis y de Weimar de Obama república en los Estados Unidos

En la cara de la crisis parece haber respuestas distintas de los estados y las fuerzas sociales y políticas. Destacan tres: el reformismo mundial, el resurgimiento de las luchas populares y de izquierda desde abajo, de extrema derecha y el fascismo del siglo 21. Parece ser, ante todo, una polarización política en todo el mundo entre la izquierda y la derecha, los cuales son fuerzas insurgentes.

Una insurgencia neofascista es bastante evidente en los Estados Unidos. Esta insurgencia se remonta varias décadas, a la movilización de extrema derecha, que se inició a raíz de la crisis de hegemonía producida por las luchas de masas de los años 1960 y 1970, especialmente los negros y chicanos las luchas de liberación y otros movimientos militantes por parte de la gente del Tercer Mundo, corrientes contraculturales, y luchas de la clase trabajadora militante.

Neo-fascistas fuerzas de re-organizados durante los años del gobierno de George W Bush. Pero mi historia aquí se inicia con la elección de Obama.

El proyecto de Obama desde el principio fue un esfuerzo de los grupos dominantes para volver a establecer su hegemonía en la estela de su deterioro durante los años de Bush (el que participaron también el surgimiento de un movimiento de masas derechos de los inmigrantes). La elección de Obama fue un desafío para el sistema en el plano cultural e ideológico, y ha sacudido los cimientos raciales / étnicos en los que la República de EE.UU. siempre ha descansado. Sin embargo, el proyecto de Obama nunca tuvo la intención de desafiar el orden socio-económico, por el contrario, se trataba de preservar y fortalecer ese orden reconstituyendo la hegemonía, la realización de una revolución pasiva contra el descontento de las masas y la difusión de la resistencia popular que comenzó a filtrarse en la final años de la presidencia de Bush.

El socialista italiano Antonio Gramsci desarrolló el concepto de revolución pasiva para referirse a los esfuerzos de los grupos dominantes para producir un cambio suave desde arriba con el fin de debilitar la movilización desde abajo para obtener más profunda transformación. Integral a la revolución pasiva es la cooptación del liderazgo desde abajo, y su integración en el proyecto dominante. Las fuerzas dominantes en Egipto, Túnez y otros lugares de Oriente Medio y América del Norte están tratando de llevar a cabo tal revolución pasiva. Con respecto al movimiento pro-inmigrante en los Estados Unidos – uno de los movimientos sociales más vibrantes en ese país los líderes establecimiento -moderate/mainstream latinos entraron en el gobierno de Obama y el Partido Democrático veces – un caso clásico de revolución pasiva -, mientras que la masa de los inmigrantes de base sufre la represión se intensificó estado.

La campaña de Obama aprovechó y ayudó a ampliar la movilización de masas y las aspiraciones populares de cambio no se había visto en muchos años en los Estados Unidos. El proyecto de Obama cooptados que se avecina una tormenta desde abajo, se canaliza en la campaña electoral, y luego traicionó esas aspiraciones, como el Partido Demócrata efectivamente desmovilizados de la insurgencia desde abajo con más revolución pasiva.

En este sentido, el proyecto Obama debilitó la respuesta popular y de izquierda de abajo a la crisis, que se abrió el espacio para la respuesta de la derecha a la crisis – para un proyecto del fascismo del siglo 21 – para ser insurgente.La administración de Obama aparece en esta forma como una república de Weimar. Aunque los socialdemócratas estaban en el poder durante la república de Weimar de Alemania en la década de 1920 y principios de 1930, no siguieron una respuesta de izquierdas a la crisis, sino más bien de lado a los sindicatos alineados militantes, comunistas y socialistas, y progresivamente se complacía al capital y el derecho antes de entregar el poder a los nazis en 1933.

El fascismo del siglo 21 en los Estados Unidos

Yo no uso del término fascismo a la ligera. Hay algunas características clave de un fascismo del siglo 21 me identifican aquí:

  1. La fusión del capital transnacional con el poder político reaccionario
    Esta fusión se había estado desarrollando durante los años de Bush y probablemente se habría profundizado bajo una Casa Blanca McCain-Palin. Mientras tanto, estos movimientos neofascistas como el Tea Party, así como el neo-fascista de la legislación, tales como anti-inmigrante de Arizona la ley SB 1070, han sido ampliamente financiados por capital corporativo. Tres sectores del capital transnacional, en particular, se destacan como proclives a buscar acuerdos políticos fascistas para facilitar la acumulación: el capital financiero especulativo, el complejo militar-industrial-seguridad, y el sector (especialmente petróleo) de extracción y la energía.
  2. La militarización y la masculinización extrema 
    Como la acumulación militarizada ha intensificado el presupuesto del Pentágono, el aumento de 91 por ciento en términos reales en los últimos 12 años, la cúpula militar se ha convertido cada vez más politizado y que participan en la formulación de políticas.
  3. Un chivo expiatorio que sirve para desplazar y redirigir las tensiones y contradicciones sociales 
    En este caso, los inmigrantes y los musulmanes en particular. El Southern Poverty Law Center informó recientemente de que “tres capítulos de la derecha radical – los grupos de odio, grupos extremistas nacionalistas y las organizaciones de patriotas – aumentó de 1.753 grupos en 2009 a 2.145 en 2010, un 22 por ciento de aumento, que siguió a 2008-9 un aumento de 40 por ciento. ”

    Un Departamento de Seguridad Nacional el informe 2010 de Seguridad señaló que “extremistas de derecha pueden estar ganando nuevos reclutas jugando con los temores sobre los problemas de emergencia varias. La crisis económica y la elección de los primeros afro-americanos actual presidente controladores únicos para la radicalización y el reclutamiento de derecha. ” El informe concluía: “En los últimos cinco años, diversos grupos de extrema derecha, incluyendo milicias y supremacistas blancos, han adoptado el tema de la inmigración como una llamada a la acción, punto de reunión, y una herramienta de reclutamiento.”

  4. Una base social de masas 
    En este caso, por ejemplo, una base social está siendo organizado entre los sectores de la clase obrera blanca que, históricamente, que disfrutan los privilegios de casta racial y que han experimentado el desplazamiento y la movilidad social descendente experimentando rápidos como el neo-liberalismo llega a los EE.UU. -, mientras que están perdiendo la seguridad y la estabilidad que disfrutamos en la anterior época fordista-keynesiana del capitalismo nacional.
  5. Un fanático de la ideología del milenio relacionadas con la raza / cultura que abarca la supremacía de un pasado idealizado y mítico, y una movilización racista contra los chivos expiatorios
    La ideología del fascismo del siglo 21o menudo se apoya en la irracionalidad – la promesa de brindar seguridad y restaurar la estabilidad es emotivo, no racional. El fascismo del siglo 21 es un proyecto que no lo hace – y no es necesario – distinguir entre la verdad y la mentira.
  6. Un liderazgo carismático 
    Este liderazgo ha sido hasta ahora ausente en gran medida en los Estados Unidos, a pesar de figuras como Sarah Palin y Glenn Beck aparecen como arquetipos.

El circuito mortal de acumulación-explotación-exclusión

Una nueva dimensión estructural del capitalismo global del siglo 21 es la dramática expansión de la población global superflua – que parte de los marginados y excluidos de la participación productiva en la economía capitalista y que representa aproximadamente el 1/3o de la humanidad. La necesidad de asegurar el control social de esta masa de la humanidad que vive en un planeta de ciudades miseria da un fuerte impulso a proyectos neofascistas y facilita la transición de bienestar social al control social – también conocida como “estados policiales”. Este sistema se vuelve cada vez más violenta.

Teóricamente afirmó – en las condiciones de la globalización capitalista – funciones contradictorias del Estado de acumulación y legitimación no puede tanto ser satisfechas. La crisis económica se intensifica el problema de la legitimación de los grupos dominantes para que las crisis de acumulación, como la actual, generan conflictos sociales y aparecen como una espiral de crisis políticas. En esencia, la capacidad del Estado para funcionar como un “factor de cohesión” dentro del orden social se descompone en la medida en que la globalización capitalista y la lógica de la acumulación o la mercantilización penetra todos los aspectos de la vida, de modo que la “cohesión” requiere más y más social controlar.

El desplazamiento y la exclusión se ha acelerado desde 2008. El sistema ha abandonado a amplios sectores de la humanidad, que se encuentran atrapados en un circuito mortal de acumulación-explotación-exclusión. El sistema ni siquiera intenta incorporar a esta población excedente, sino que trata de aislar y neutralizar su rebelión real o potencial, criminalizando a los pobres y los desposeídos, con tendencias hacia el genocidio en algunos casos.

A medida que el Estado abandona los esfuerzos para asegurar legitimidad entre amplios sectores de la población que han sido relegados a los excedentes – o super-explotados – mano de obra, se recurre a una serie de mecanismos de exclusión coercitiva: encarcelamiento masivo y complejos carcelario-industrial, omnipresente policía, manipulación del espacio de nuevas maneras, la legislación anti-inmigrante altamente represiva y campañas ideológicas orientadas a la seducción y la pasividad a través del consumo menor y la fantasía.

La ideología militarizada ha intensificado el presupuesto del Pentágono y los funcionarios militares están cada vez más involucrados en la formulación de políticas [Gallo / Getty]

Un fascismo, 21 no se vería como el fascismo del siglo 20. Entre otras cosas, la capacidad de los grupos dominantes de controlar y manipular el espacio y de ejercer un control sin precedentes sobre los medios de comunicación, los medios de comunicación y la producción de imágenes y mensajes simbólicos, significa que la represión puede ser más selectiva (como vemos en México o Colombia, por ejemplo), y también se organizan jurídicamente de manera que la masa “legal” el encarcelamiento toma el lugar de los campos de concentración. Por otra parte, la capacidad del poder económico para determinar los resultados electorales permite que el fascismo del siglo 21 a emerger sin una ruptura necesaria en ciclos electorales y de un orden constitucional.

Los Estados Unidos no puede ser caracterizada en este momento como fascista. Sin embargo, todas las condiciones y los procesos que están presentes y se filtre, y las fuerzas sociales y políticas detrás de este proyecto se están movilizando rápidamente. De manera más general, las imágenes en los últimos años de lo que un proyecto político implicaría abarcó la invasión israelí de Gaza y la limpieza étnica de los palestinos, a la búsqueda de chivos expiatorios y la criminalización de los trabajadores inmigrantes y el movimiento del Tea Party en los Estados Unidos, el genocidio en el Congo , los EE.UU. / las Naciones Unidas para la ocupación de Haití, la propagación de neonazis y cabezas rapadas en Europa, y la intensificación de la represión india en Cachemira ocupada.

El contrapeso al fascismo del siglo 21 debe ser una lucha coordinada de devolución por la clase obrera mundial. La única solución real a la crisis del capitalismo global es una masiva redistribución de la riqueza y el poder – a la baja hacia la mayoría pobre de la humanidad. Y la única forma de redistribución puede llegar es a través de la lucha de masas transnacional desde abajo.

William I. Robinson, profesor de estudios de sociología y global en la Universidad de California en Santa Bárbara.

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Al Jazeera.

 FUENTE Al Jazeera.
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¿Quién paga las crisis del capitalismo?


¿Quién paga las crisis del capitalismo?

Jorge Etchenique (especial para ARGENPRESS.info)
Con palabras de Hegel, el misterio de todo fenómeno se revela en su historia. Una de las formas de abordarla es de una manera aséptica y a-social, una línea continua, ascendente, sin conflictos.
Otra posibilidad de develar las intrigas es acudir a un paradigma alternativo que le otorga identidad a los hechos en tanto momentos de procesos. Entonces, una de las maneras de desentrañar esos momentos puede ser encontrarle un sentido a uno de los fenómenos que caracterizan al sistema capitalista, sus crisis.

Podemos advertirque existen crisis coyunturales, debido a sucesos puntuales desencadenados por las mismas fuerzas del capitalismo, ya sea en expansión o en declinación, o bien crisis estructurales, determinadas por el agotamiento de algunos de sus modelos y el reemplazo por otro.
Un común denominador de todas ellas es que fueron aprovechadas para el disciplinamiento social y concentrar la propiedad de todo. Funcional a ese objetivo fue descargar los efectos de las crisis sobre los sectores más débiles de la sociedad.
Otra de las similitudes es que fueron el eco de cataclismos mundiales, teniendo en cuenta que el traslado inicial de las crisis es desde los países centrales a su periferia para que luego los poderes locales continúen la faena.
En Argentina, podemos observar un primer ensamble entre la burbuja financiera (¡ya las había!) que desató el “Pánico de 1890” y el cuasi colapso de la británica BaringBrother con el estallido de las clases medias, la Revolución del Parque. Y es éste -el de las crisis con la conflictividad social- un enlace que no siempre coincide pero que ha fertilizado grandes acontecimientos histórico-sociales.
Crisis y conflictividad social
Por ejemplo, buceando en nuestras historias nacionales, la crisis post primera guerra mundial que afectó la rentabilidad agraria en su ecuación precios/costos/tarifas, fue una variable interviniente en la “rebelión de los braceros” bonaerenses de 1919, la que se extendió al sur de Córdoba y de Santa Fe.
También se puede acudir al mismo registro para analizar las demandas de la Federación Agraria Argentina y la gran huelga de la Liga Agraria de La Pampa en 1919.
Los efectos también sobrevolaron la actividad industrial, por caso de la metalúrgica Vasena, en tanto hecho desencadenante de la Semana Trágica de ese mismo año en Buenos Aires. De la misma manera, es decir crisis e intentos de disminuir la carga obrera en el producto final, tuvo lugar en la Patagonia en 1920/1921.
También allí, la caída de la demanda mundial de lana contrajo la economía patagónica y los grandes estancieros acudieron al mecanismo habitual de arrojar la crisis sobre el ya bajísimo standard de vida de los trabajadores. En este contexto relacional debemos también ubicar los trágicos hechos de Jacinto Arauz de 1921.
La gran crisis mundial de 1929/1930, esta vez sí estructural, tuvo una dimensión superior desde todos los ámbitos y sin embargo no provocó reacciones a la altura de esa hecatombe del capitalismo que devastó las condiciones de vida de los productores directos.
En el suelo pampeano, las pérdidas de las cosechas y de la producción ganadera por la recesión agrícola y caída acentuada de precios por efecto de la Gran Depresión, anunciaron una grave conjunción a la que se sumó una prolongada sequía, en una década que además de infame fue nefasta para el hábitat regional.
En estas condiciones, vía aumento de los arrendamientos y de los fletes, los grandes propietarios y las empresas ferroviarias, dos columnas del poder, descargaron el peso de la crisis en los sectores más desprotegidos del sistema productivo.
Esos fueron los temas convocantes para que miles de colonos protagonizaran un incremento de la conflictividad social en las llanuras pampeanas e inicien una movilización que pareció revitalizar las Ligas Agrarias, pero ya sin los niveles organizativos y de intensidad que tuvieron en la última rebelión de colonos en 1919.
Auge y caída de un Bienestar
La superación del vallado liberal a la intervención del Estado en la vida, tuvo la impronta de un crecimiento keynesiano.
La relativa paz social que tuvo el capitalismo tras la segunda guerra mundial y que incluyó, si bien con mayores contradicciones, a los países latinoamericanos, alcanzó sus límites entre los ‘60 y ‘70 en que el descenso de la tasa de ganancia empresaria intervino para generar no una crisis más sino de todo un modelo de acumulación: el “Estado de Bienestar”.
Esta nueva debacle se produjo pese a que aún se mantenía la euforia desarrollista con su expectativa de desarrollo industrial, vía las inversiones de capitales extranjeros, a los que se llegó hasta subsidiar.
Junto con el ingreso a la fase autoritaria del desarrollismo –dictadura de Onganía y otros generales- aparecieron en escena las premisas económicas y culturales del neoliberalismo como propuestas superadoras de la crisis, aunque faltarán algunos años para la puesta en práctica de todas sus baterías.
El freno al modelo desarrollista estuvo dado por la convergencia de esa crisis con la agudización de la conflictividad social.
Como vimos, tal conexión no es mecánica sino que debe estar mediatizada por otros factores, en este caso la irrupción de nuevos aires mundiales de rebeldía y nuevas camadas obreras que reasumieron el rol de sujetos sociales autónomos y protagonizaron tanto el Cordobazo del 29 de mayo de 1969 como otras insurrecciones urbanas. La huelga de los salineros en La Pampa fue un reflejo a nivel local de toda esa movilización de energía insumisa.
Desde los ’70 en que la última crisis estructural desembocó en el Estado Neoliberal y dejó en el pasado el Estado de Bienestar, el término “crisis” pasó a integrar el conjunto de nuestras naturalizaciones y de ese modo ocultar su raíz socio-económica.
Lo notable es que su consecuencia -el “ajuste”- pasó también a la órbita de lo “natural”. La crisis condujo a “problemas de gobernabilidad” para los teóricos conservadores, resueltos a partir de señalar a sus culpables: los roles que cumplía el Estado Interventor en tanto redistribuidor de recursos y regulador de la economía.
Entonces, la desvalorización del Estado, la exaltación de la iniciativa privada y la desregulación pasaron a ser los pre-requisitos para la restauración de la tasa de ganancia empresaria, cuya caída, como vemos, fue un factor clave en todas las crisis del capitalismo.
Todas estas medidas, más las que definen y deciden el desempleo o su precarización como funcionales al modelo, encuentran su concreción en los ’70 cuando la crisis del capitalismo mundial arrastra nuevamente a nuestros países periféricos.
Precisamente, los ajustes son la “adaptación”, término que encubre la dependencia, al nuevo orden mundial y uno de sus efectos en políticas sociales es la “focalización”, es decir focalizar la asistencia pública sólo en los sectores más vulnerables. Se trata de una de las medidas, junto con las privatizaciones, para cumplir con la premisa central: la drástica disminución del gasto público.
¿Crisis de modelo o de sistema?
Estos históricos momentos son vitales para incursionar en los avatares de la actualidad. Entrando en el cuarto año de la peor crisis capitalista desde los años ’30, la diferencia con las anteriores es que la crisis del neoliberalismo puede ser no sólo de un modelo sino de todo un sistema.
El debate gira en torno a una pregunta: ¿Existe la posibilidad de que el “arrastre” de la nueva crisis mundial sea tratada con recetas diferentes a las ya conocidas del neoliberalismo?
No hay a la vista un modelo optativo al neoliberal dentro del capitalismo, teniendo en cuenta que la salida neokeynesiana que se ensayara es sólo a cuentagotas, paliativa y sin alterar la esencia del modelo.
Hasta la imagen de un capitalismo “con rostro humano” se desvanece ante la permisiva depredación de recursos, su esencia.
Entonces, esta crisis es el escenario donde el capital dirime la legitimidad (consenso sobre sus ideas centrales) de su dominación y por ello hay Foros (Davos) para que otro mundo sea imposible y hay Foros (Social Mundial) para enarbolar la idea inversa.
A partir de la ortodoxia de las recetas “noventistas” que llegan desde la crisis europea, indignados mediante, las luces de alerta se encienden ante la posibilidad de que el techo oficial a las demandas salariales y la quita de subsidios a los servicios apunten a un retorno a la disminución del gasto público como medida de “ajuste”, a políticas focalizadas en lo social y por ende a la consideración -otra vez- de la marginación como “inevitable”.
En el cono sur latinoamericano se nos impone encontrar nuestra propia perspectiva estratégica a partir de nuestra propia historia. Los sueños, las esperanzas, los sufrimientos, los sacrificios y toda la energía que nos transmite la historia de nuestros pueblos no pueden seguir siendo expropiados.
Sin embargo, la necesidad de una sociedad edificada sobre otras bases no la convierte por sí en un mandato infalible. Lejos de nuestra intencionalidad presentar esta relación entre crisis, traslado de sus efectos a los más débiles y resistencia social como un proceso que conducirá, de manera inexorable, a un sistema social alternativo al capitalismo.
¿Es necesidad sinónimo de inevitabilidad? Parece, en cambio, que lo que está en juego es la “categoría de peligro”. El futuro oscila entre la liberación de todo sometimiento y el espectro de un sometimiento mayor.
Como afirmara Milcíades Peña, con acentos benjaminianos, “…las más grandes posibilidades de crear un mejor destino humano van acompañadas por las más tremendas posibilidades de volver hacia atrás y anular todo futuro humano”.
Nos cabe una cuota de responsabilidad en que ese fiel oscilando se incline hacia uno u otro lado.

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PUBLICADO POR ARGENPRESS EN 09:21:00 

#15M #DRY De OBLIGADA LECTURA ¡Marx tenía razón!


¡Marx tenía razón!

luchadeclases.org
La crisis del capitalismo va acompañada por una crisis del pensamiento burgués: la filosofía, la economía, la moral… Todo está en un estado de efervescencia. En lugar del anterior optimismo que manifestaba confiadamente que el capitalismo había solucionado todos sus problemas, hay un estado de ánimo que todo lo impregna de tristeza.

No hace mucho tiempo, Gordon Brown proclamó confiadamente “el fin del ciclo de auge y recesión”. Después de la crisis de 2008 se vio obligado a comerse sus palabras.

El último episodio de la crisis del euro muestra que la burguesía no tiene idea de cómo resolver los problemas de Grecia e Italia, que a su vez, amenazan el futuro de la moneda común europea, e incluso de la propia UE. Este es un catalizador potencial de un nuevo colapso a escala mundial, que será aún más profundo que la crisis de 2008.

La crisis actual se supone que no tenía que haber sucedido. Hasta hace poco la mayoría de los economistas burgueses creían que el mercado, si se le dejaba solo, era capaz de resolver todos los problemas, equilibrando por arte de magia la oferta y la demanda (la “hipótesis del mercado eficiente”), de modo que nunca podría darse una repetición del crack de 1929 y de la Gran Depresión.

La predicción de Marx de una crisis de sobreproducción había sido relegada al basurero de la historia. Aquellos que todavía se adherían a la visión de Marx de que el sistema capitalista estaba desgarrado por contradicciones insolubles y de que contenía dentro de sí las semillas de su propia destrucción eran considerados como simples excéntricos. ¿Acaso la caída de la Unión Soviética no había demostrado finalmente el fracaso del comunismo? ¿No había terminado la historia con el triunfo del capitalismo como el único sistema socio-económico posible?

Eso fue entonces. Pero en el espacio de 20 años (un período no muy largo en los anales de la sociedad humana) la rueda de la historia ha dado un giro de 180 grados. Y ahora los antiguos críticos de Marx y el marxismo están entonando una melodía muy diferente. De repente, las teorías económicas de Carlos Marx se están tomando muy en serio. El Capital es ahora un best seller en Alemania. Un número creciente de economistas está estudiando detenidamente sus páginas, con la esperanza de encontrar una explicación a lo que ha ido mal.

Crisis de la economía burguesa

La razón de esta extraña conversión no es difícil de entender. Todas las teorías de los economistas burgueses oficiales han sido falsificadas por la marcha de los acontecimientos. Los economistas fueron incapaces de predecir ninguno de los grandes acontecimientos económicos de los últimos treinta años. No predijeron la recesión actual (de hecho, negaron su posibilidad), pero tampoco predijeron el auge febril que la precedió.

La teoría económica burguesa ha sido puesta a prueba y ha fracasado. Ninguna persona seria la toma en serio. No es de extrañar que algunas empresas grandes tengan que consultar astrólogos profesionales antes de decidir dónde invertir su dinero. Éstos, probablemente, sean más útiles que los economistas universitarios y, de todas maneras, el grado de éxito de sus predicciones no sería peor.

En julio de 2009, tras el comienzo de la recesión, la revista The Economist realizó un seminario en Londres para discutir la siguiente cuestión: ¿Qué aqueja a la economía? Esto puso de manifiesto que para un número cada vez mayor de economistas la teoría convencional no tiene ninguna relevancia. El ganador del Premio Nobel, Paul Krugman, admitió que “los últimos 30 años de desarrollo de la teoría macroeconómica ha sido, en el mejor de los casos, espectacularmente inútil o, peor, directamente perjudicial”.

Esta opinión es un epitafio adecuado para las teorías de la economía burguesa. Nada de lo que ha sucedido desde entonces nos da ninguna razón para dudar de ella. La crisis griega que ahora amenaza con arrastrar al conjunto de Europa, hundir al euro e incluso romper la Unión Europea ha servido para subrayar la total incapacidad de los economistas y de los políticos para ofrecer una solución.

En realidad no tienen ninguna salida. Hagan lo que hagan estará mal. Incluso si (como es muy probable) deciden invertir más dinero en Grecia, los mercados volverán su atención a otros países: Irlanda, Portugal, España, Italia, Bélgica, e incluso Francia. Angela Merkel retuerce en vano las manos y se queja de las “irresponsables” agencias de crédito. Este es el funcionamiento del “libre mercado” que todos aceptan. No se puede aceptar la economía de mercado y luego quejarse de las consecuencias inevitables.

Cuatro años después de la primera crisis, el mundo va de cabeza a un nuevo colapso y no hay nada que puede impedirlo. Millones de personas van a sufrir las consecuencias. El desempleo se disparará a niveles no vistos desde la década de 1930. Los niveles de vida caerán en picado. Y el resultado inevitable será una intensificación de la lucha de clases en todas partes.

Naciones enteras en bancarrota

La primera fase de la crisis que comenzó en el año 2008 se caracterizó por el impago de los grandes bancos. Todo el sistema bancario de los EE.UU. y del resto del mundo se salvó sólo por la inyección masiva de miles de millones de dólares y euros por parte de los Estados. Pero la pregunta que debe hacerse es: ¿Qué queda de la vieja idea de que el libre mercado, si se le deja solo, va a resolver todos los problemas? ¿Qué queda de la vieja idea de que el Estado no debe interferir en el funcionamiento de la economía?

La inyección masiva de dinero público no resolvió nada. La crisis no ha sido resuelta.

Simplemente se ha desplazado a los Estados. Todo lo que ha ocurrido es que, en lugar de un déficit masivo de los bancos, tenemos un enorme agujero negro en las finanzas públicas. ¿Y quién va a pagar por esto? No los banqueros adinerados que, habiendo presidido la destrucción del orden financiero mundial, se han embolsado con calma el dinero público y ahora se están concediendo a sí mismos fastuosas bonificaciones de dinero.

¡No! Los déficits de los que los economistas y los políticos se quejan tan amargamente deben ser pagados por los sectores más pobres e indefensos de la sociedad. De repente no hay dinero para los ancianos, los enfermos, los desempleados…, pero siempre hay de sobra para los banqueros. Esto significa un régimen de austeridad permanente. Pero esto sólo genera nuevas contradicciones. Con la reducción de la demanda, se reduce aún más el mercado, y por lo tanto se agrava la crisis de sobreproducción.

Ahora los economistas están prediciendo un nuevo colapso, con divisas y gobiernos cayendo y amenazando el tejido mismo del sistema financiero mundial. Y a pesar de lo que dicen los políticos sobre la necesidad de reducir el déficit, las deudas han alcanzado un nivel que no se puede pagar. Grecia ofrece un ejemplo gráfico de este hecho. El futuro que se avecina es de una crisis aún más profunda, una caída de los niveles de vida, ajustes dolorosos y un creciente empobrecimiento de la mayoría. Esta es una receta acabada para la agitación y la lucha de clases a un nivel aún más alto. Se trata de una crisis sistémica del capitalismo a escala mundial.

Dudas

Ahora que los acontecimientos han hecho bajar a tierra por lo menos a algunos pensadores burgueses, estamos viendo todo tipo de artículos que a regañadientes reconocen que, después de todo, Marx tenía razón. Tomemos como ejemplo un reciente artículo de John Gray en la revista de noticias de la BBC, con el título: Un punto de vista: La revolución del capitalismoBBC News, 4 de septiembre de 2011. En él dice:

“Como un efecto colateral de la crisis financiera, cada vez más gente está empezando a pensar que Carlos Marx tenía razón. El gran filósofo, economista y revolucionario alemán del siglo XIX creía que el capitalismo era radicalmente inestable. Tenía una tendencia intrínseca a producir cada vez más grandes auges y recesiones, y a el largo plazo estaba destinado a destruirse a sí mismo”.

Ahora bien, esto es algo que gente como John Gray en el pasado lo hubiera ridiculizado. Ahora, sin embargo, se ven obligados a tratarlo en serio. Así que el Sr. Gray ahora acepta lo que se está volviendo cada vez más evidente: que el capitalismo contiene en sí las semillas de su propia destrucción; que es un sistema anárquico y caótico caracterizado por crisis periódicas que echa a la gente del trabajo y provoca inestabilidad social y política. El Manifiesto Comunista es el libro más relevante que se puede leer hoy en día. Es realmente extraordinario pensar que un libro escrito hace más de 150 años pueda presentar una imagen del mundo del siglo XXI tan vívida y objetiva. Gray ahora reconoce que fue sorprendentemente clarividente:

“En aquel momento nada parecía más sólido que la sociedad en cuyos márgenes vivía Marx. Un siglo y medio después nos encontramos en el mundo que él previó, en donde la vida de cada persona es experimental y provisional, y la ruina súbita puede ocurrir en cualquier momento”.

Aunque niega que el socialismo sea la alternativa lógica al capitalismo decadente, Grey se ve obligado a admitir que Marx comprendió el funcionamiento de la economía capitalista mucho mejor que la burguesía y sus “expertos” economistas:

“Más profundamente, Marx comprendió que el capitalismo destruye a su propia base social –el estilo de vida de la clase media–. La terminología marxista de burguesía y proletariado tiene un tono arcaico”.

“Sin embargo, cuando argumentó que el capitalismo hundiría a la clase media en un tipo de existencia precaria como la de los trabajadores de su tiempo, Marx previó un cambio en nuestra forma de vivir que sólo ahora estamos luchando para hacer frente”.

Condena devastadora

Hay un sentimiento creciente entre todos los sectores de la sociedad de que nuestras vidas están dominadas por fuerzas que se escapan a nuestro control. La sociedad es presa de un corrosivo sentimiento de miedo e incertidumbre, como lo admite Gray:

“Pero tenemos muy poco control efectivo sobre nuestras vidas, y la incertidumbre en que nos toca vivir está siendo agravada por políticas diseñadas para hacer frente a la crisis financiera. Unas tasas de interés de cero, junto con el aumento de precios significa que usted está consiguiendo un rendimiento negativo de su dinero y, conforme avanza el tiempo, su capital se está erosionando”.

La situación de muchos jóvenes es aún peor. La crisis del capitalismo produce sus efectos más terribles entre los jóvenes. El desempleo entre los jóvenes está aumentando en todas partes. Esta es la razón de las protestas estudiantiles y motines en Gran Bretaña, del movimiento de los indignados en España, de las ocupaciones de las escuelas de Grecia y también de los levantamientos en Túnez y Egipto, donde alrededor del 75% de los jóvenes están desempleados.

Toda una generación de jóvenes está siendo sacrificada en el altar de los beneficios. Muchos que buscaban la salvación en una educación superior han encontrado esta avenida bloqueada. En Gran Bretaña, donde la educación superior era gratis, ahora los jóvenes a fin de adquirir una educación tendrán que incurrir en deudas.

En el otro extremo de la escala de la edad, trabajadores cercanos a la jubilación descubren que deben trabajar más tiempo y pagar más para obtener pensiones más bajas, que condenarán a muchos a la pobreza en la vejez. Para jóvenes y adultos por igual, la perspectiva a la que se enfrentan hoy en día es una vida de inseguridad.

Toda la vieja hipocresía burguesa sobre los valores de la moral y la familia ha sido desenmascarada. La epidemia de desempleo, de falta de vivienda, de aplastante deuda y la desigualdad social extrema que ha convertido a toda una generación en parias ha socavado la familia y ha creado una pesadilla de pobreza sistémica, desesperanza, degradación y desesperación. Una vez más, en palabras de Gray:

“Para muchos, las mujeres y los pobres por ejemplo, estos valores victorianos pueden ser muy sofocantes en sus efectos. Pero el hecho más importante es que el libre mercado funciona para socavar las virtudes que mantienen la vida burguesa”.

“Cuando los ahorros están desvaneciéndose, ser ahorrativo puede ser el camino a la ruina. Es la persona que toma prestado y no tiene miedo a declararse en quiebra la que sobrevive y prospera. (…)

“En una sociedad que está siendo continuamente transformada por las fuerzas del mercado, los valores tradicionales son disfuncionales y cualquier persona que trata de seguirlos se arriesga a terminar mal”.

El argumento que tanto gusta a los sociólogos burgueses de que la clase obrera ha dejado de existir se ha caído por su propio peso. En el último período, capas importantes de la población activa que antes se consideraban a sí mismos como clase media se han proletarizado. Profesores, funcionarios, empleados de banca, etc. han sido empujados a las filas de la clase obrera y del movimiento obrero, donde se han vuelto en algunos casos los sectores más militantes.

Gray admite que los viejos argumentos de que “todo el mundo puede prosperar” y “todos somos clase media” han sido falsificados por los acontecimientos. Él dice:

“De hecho, en Gran Bretaña, los EE.UU. y muchos otros países desarrollados en los últimos 20 o 30 años, ha estado sucediendo lo contrario. La seguridad en el trabajo no existe, los oficios y profesiones del pasado han desaparecido en gran medida y carreras de toda la vida son apenas recuerdos”.

“Si la gente tiene alguna riqueza, ésta está en sus casas, pero los precios de las casas no siempre aumentan. Cuando obtener crédito es difícil como pasa ahora, pueden estar estancados durante años. Una minoría decreciente tendrá una pensión con la que podrá vivir cómodamente, y no muchos tienen ahorros significativos”.

“Cada vez más gente vive día a día, con poca idea de lo que el futuro puede depararle. La gente de clase media solía pensar que su vida se desarrollaba en una progresión ordenada. Pero ya no es posible mirar la vida como una sucesión de etapas en las que cada una es un paso adelante respecto a la anterior”.

“En el proceso de destrucción creativa, la posibilidad de escalar ha sido eliminada y para un número creciente de gente una existencia como clase media ya no es siquiera una aspiración”. Estas palabras representan una condena devastadora del sistema capitalista. Muestran también que las reservas sociales de la reacción se han reducido considerablemente, porque un gran sector de los trabajadores de cuello blanco se acerca a la clase obrera tradicional. En las recientes movilizaciones de masas en España y, en particular, en Grecia, estas capas se encontraban en la primera línea de la lucha de clases.

Marx y el “mercado”

Marx predijo que el desarrollo del capitalismo conduciría inexorablemente a la concentración del capital, una inmensa acumulación de riqueza por un lado, y una acumulación igual de pobreza, miseria y trabajo insoportable en el otro extremo del espectro social. Durante décadas, esta idea fue desechada por los economistas burgueses y los sociólogos universitarios que insistieron en que la sociedad se estaba volviendo cada vez más igualitaria y que todo el mundo se estaba convirtiendo en clase media. Ahora todas estas ilusiones se han disipado.

Businessweek recientemente publicó un artículo con el título Marx y el mercado y advirtió que Marx podría haber tenido razón en algunas cosas, pero en realidad estaba equivocado y era peligroso. Expresa su preocupación porque “el pesimista y combativo filósofo parece encontrar adeptos en cada nueva generación”.

Y continúa:

“Incluso se podría decir que el Barbudo nunca ha tenido mejor aspecto. La actual crisis financiera mundial ha dado lugar a un nuevo contingente de insólitos admiradores. En 2009 el periódico oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, publicó un artículo elogiando el diagnóstico de Marx sobre la desigualdad de ingresos, lo cual es un gran reconocimiento, considerando que Marx declaró que la religión es ‘el opio del pueblo’. En Shanghái, el centro archicapitalista de la supuesta comunista China, en 2010 el público se agolpó para ver un musical basado en El Capital, la obra más famosa de Marx. En Japón, El Capital ha salido en una versión cómic”.

Y añade:

“El que Marx esté en boga debería verse natural en un momento en que los bancos europeos están al borde del colapso y en que los niveles de pobreza en los EE.UU. han alcanzado niveles nunca vistos en casi dos décadas”.

“A pesar de que Marx estaba equivocado acerca de muchas cosas, y de que su influencia fue muy perniciosa en lugares como la URSS y China, hay áreas de sus (voluminosos) escritos que son increíblemente perceptivos. Uno de los argumentos más importantes de Marx era que el capitalismo era intrínsecamente inestable. Uno sólo tiene que mirar a los titulares de Europa –la cual está siendo perseguida por el fantasma de una posible moratoria griega, un desastre bancario y el colapso de la zona del euro como moneda única– para ver que tenía razón.

Marx diagnosticó la inestabilidad del capitalismo en un momento en que sus contemporáneos y predecesores, tales como Adam Smith y John Stuart Mill, estaban mayormente cautivados por su capacidad para satisfacer las necesidades humanas”.

George Magnus

Hasta aquí Businessweek. Ahora vamos a leer lo que George Magnus, analista económico del banco UBS, escribió recientemente en un artículo con el título intrigante: Demos a Carlos Marx la oportunidad de salvar la economía mundial.

Con sede en Suiza, UBS es uno de los pilares del mundo financiero, con oficinas en más de 50 países y más de 2 billones de dólares americanos en activos. Sin embargo, en un ensayo de Bloomberg View, publicado el 28 de agosto, Magnus escribió que “la economía global de hoy tiene algún parecido asombroso a lo que Marx había previsto”. En su artículo empieza describiendo a los responsables políticos como “tratando de entender el aluvión de pánico financiero, las protestas y otros males que afligen al mundo” y sugiere que haríamos bien en estudiar la obra de “un economista muerto hace mucho tiempo, Carlos Marx”:

“Consideremos, por ejemplo, la predicción de Marx de cómo se manifestaría el conflicto inherente entre el capital y el trabajo. Tal y como escribió en El Capital, la búsqueda de beneficios y productividad de las empresas, naturalmente, les lleva a necesitar cada vez menos trabajadores, creando un ‘ejército industrial de reserva’ de pobres y desempleados: ‘Por tanto, la acumulación de riqueza en un polo representa, al mismo tiempo, la acumulación de la miseria en el otro polo’”.

Y continúa: “El proceso que él [Marx] describe es visible en todo el mundo desarrollado, particularmente en los EE.UU. Los esfuerzos de las empresas para reducir costos y evitar la contratación han aumentado las ganancias corporativas de EE.UU. como porcentaje de la producción económica total al más alto nivel en más de seis décadas, mientras que la tasa de desempleo se sitúa en el 9,1 por ciento y los salarios reales están estancados.

“Mientras tanto, según algunos cálculos, la desigualdad de ingresos de EE.UU. está cerca de su nivel más alto desde la década de 1920. Antes de 2008, la disparidad en los ingresos estaba disimulada tras factores tales como el crédito fácil, que permitió a los hogares pobres disfrutar de un estilo de vida más próspero. Ahora el problema está saliendo con toda su crudeza”.

Magnus cita con aprobación el Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859) de Marx:

“Al llegar a una fase determinada de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí”.

Magnus dice que estas líneas tienen una especial relevancia en la situación actual:

“La cita anterior refleja la importante idea de conflicto o turbulencia cuando ocurren eventos que conducen a desafíos al poder, autoridad y legitimidad del orden político y económico existente. Durante los últimos meses, hemos visto una serie de tales desafíos en la zona del euro, en los EE.UU., e incluso, en forma embrionaria, en China. El nerviosismo reciente en los mercados financieros y el aumento de las primas de riesgo no sólo reflejan un aumento de la ansiedad sobre el deterioro de la salud de la economía global, sino también el agotamiento de la confianza de que las élites políticas son capaces de hacer frente a la situación”.

Magnus reconoce que la crisis actual es una crisis de sobreproducción, a pesar de que confunde esto con la noción keynesiana de subconsumo –una idea completamente diferente (y falsa) –.

“Marx también señaló la paradoja de la sobreproducción y el bajo consumo: la gente, cuanto más se quede relegada a la pobreza, menos capaz será de consumir todos los bienes y servicios que las empresas producen. Cuando una empresa reduce los costos para aumentar los ingresos, es inteligente, pero cuando lo hacen todos, socavan la formación de los ingresos y la demanda efectiva de los cuales dependen para ingresos y beneficios.

“Este problema también es evidente en el mundo desarrollado de hoy. Tenemos una capacidad sustancial para producir, pero en los estratos de ingresos medianos y bajos, nos encontramos con una inseguridad financiera generalizada y bajas tasas de consumo. El resultado es visible en los EE.UU., donde la construcción de nuevas viviendas y las ventas de automóviles siguen siendo alrededor del 75% y 30% por debajo de sus puntos más altos en 2006, respectivamente.

“Como decía Marx en El Capital: ‘La razón última de todas las crisis reales sigue siendo la pobreza y el consumo restringido de las masas’”.

Naturalmente, Magnus aboga por soluciones keynesianas para la crisis: si tan solo los capitalistas (o el Estado) dieran un poco más dinero a los trabajadores, si tan solo aliviaran la carga de la deuda de los hogares, si tan solo reestructuraran la deuda hipotecaria, si tan solo hubiera alguna condonación de la deuda, si tan solo los bancos prestaran más dinero a las pequeñas empresas, si tan solo los gobiernos y bancos centrales gastaran dinero en programas de infraestructura, si tan solo los acreedores europeos fueran más buenos con los griegos… entonces todo estaría bien.

Si tan sólo, si tan sólo… Si los cerdos tuvieran alas… ¡Volarían! ¡Y estos economistas acusan a los marxistas de ser utópicos! Todo lo que el Sr. Magnus está pidiendo es que los capitalistas se comporten menos como capitalistas y más bien como San Francisco de Asís. Es como pedirle a un tigre carnívoro que coma ensalada en lugar de carne. Sabemos cómo el tigre reaccionaría ante esta agradable propuesta. Y también sabemos cómo los banqueros y capitalistas reaccionarían. Huelga decir que esta estupidez keynesiana no tiene absolutamente nada en común con las ideas de Carlos Marx.

Como señala Magnus, Marx predijo que las empresas necesitarían menos trabajadores a medida que mejorara la productividad, creando así un “ejército industrial de reserva” de los desempleados, cuya existencia mantendría la presión a la baja sobre los salarios de los empleados.

Como el artículo anteriormente citado de la revista Businessweek ha señalado:

“Es difícil argumentar contra eso en estos días, dado que la tasa de desempleo en los EE.UU. sigue siendo más de un 9 por ciento. El 13 de septiembre, la Oficina del Censo de los EE.UU. dio a conocer datos que muestran que el ingreso medio, ajustado a la inflación, cayó entre 1973 y 2010 para los hombres a partir de 15 años y a tiempo completo. La condición de los trabajadores de cuello azul en los EE.UU. está aún muy lejos de los salarios de subsistencia y de la ‘acumulación de la miseria’ que Marx previó. Pero las cosas no están tan brillantes en los Estados Unidos tampoco”.

Nouriel Roubini

El 11 de agosto The Wall Street Journal publicó una entrevista con el conocido economista Dr. Nouriel Roubini, conocido por sus colegas economistas como el “Dr. Agorero” por su predicción de la crisis financiera de 2008. Hay un video de esta entrevista extraordinaria, que merece ser estudiada cuidadosamente, ya que muestra el pensamiento de los estrategas del Capital más perspicaces.

Roubini es totalmente escéptico acerca de la capacidad de los gobiernos y bancos centrales para evitar un nuevo colapso económico, y mucho menos de salir de la recesión actual. Él no cree que un nuevo brote de flexibilización cuantitativa, tasas de interés más bajas, o cualquiera de las otras medidas propuestas, vayan a suponer ninguna diferencia: “Si la gente no quiere pedir prestado”, se pregunta, “¿para qué va a servir bajar las tasas de interés?”

Argumenta que la cadena de crédito se ha roto, y que el capitalismo ha entrado en un círculo vicioso en el que el exceso de capacidad (sobreproducción), la caída de la demanda de los consumidores, los altos niveles de deuda… todo genera una falta de confianza en los inversionistas que a su vez se reflejará en fuertes caídas en la Bolsa de valores, caída de precios de los activos y un colapso en la economía real.

Llega a la conclusión de que la economía de mercado no puede evitar una recesión, porque “no hay suficiente demanda final”. También relaciona esta falta de demanda a un largo período en que el capital ha exprimido a la mano de obra, y la proporción de los beneficios ha aumentado a expensas de los salarios. Destaca la intensificación de la explotación, los salarios reales estancados o en descenso, y los niveles sin precedentes de la desigualdad como un elemento central para el estado turbulento de la economía en el mundo.

Al igual que todos los demás economistas, Roubini no tiene solución real a la crisis actual, a excepción de más inyecciones monetarias de los bancos centrales para evitar otra crisis. Sin embargo, admitió con franqueza que la política monetaria por sí sola no será suficiente, y que las empresas y los gobiernos no están ayudando.

Europa y los Estados Unidos están llevando a cabo programas de austeridad para tratar de arreglar su endeudada economía, cuando deberían estar introduciendo un mayor estímulo monetario, dijo. Sus conclusiones no podrían ser más pesimistas: “Carlos Marx tenía razón, en algún momento el capitalismo podría destruirse a sí mismo”, dijo Roubini. “Pensábamos que los mercados funcionaban. No están funcionando“. (El énfasis es mío).

Al recortar los salarios, han recortado el mercado, reducido la demanda final y causado una sobreproducción (exceso de capacidad) a escala mundial: “No se pueden seguir desplazando los ingresos de los trabajadores a los capitalistas, sin provocar un exceso de capacidad y una falta de demanda total. Y eso es lo que está pasando”, indicó el economista.

Roubini predijo que hay más de un 50% de posibilidades de que todo el mundo se sumerja en otra recesión global y los próximos dos o tres meses revelarán la dirección de la economía: “Estamos a velocidad de punto muerto en este momento, y no sabemos si vamos a ir arriba o abajo “, dijo.

Roubini dice que está convirtiendo su dinero en metálico, apostando principalmente en bonos del Tesoro de los EE.UU. “Ahora no es el momento para los activos de riesgo”, dijo. El entrevistador del Wall Street Journal, a este punto totalmente alarmado, preguntó a Roubini si pensaba que la caída del capitalismo era inminente. Éste respondió: “No estamos ahí todavía”, pero dejó claro que él pensaba que estábamos de camino hacia una “segunda edición de la Gran Depresión”.

¿Estaba equivocado Marx acerca de la revolución?

Contrariamente a la imagen reconfortante que se solía presentar del sistema capitalista ofreciendo un futuro seguro y próspero para todos, vemos la realidad de un mundo en el que millones de personas sufren de la pobreza y el hambre, mientras que los súper ricos se enriquecen cada día más. Volvamos el artículo de John Gray:

“Una pequeña minoría ha acumulado una enorme riqueza pero incluso eso tiene una cualidad evanescente, casi fantasmal. En la época victoriana los verdaderamente ricos podían permitirse relajarse, siempre y cuando fueran conservadores en la forma en que invertían su dinero. Cuando a los héroes de las novelas de Dickens por fin les llega su herencia, no hacen nada el resto de su vida.

“Hoy no hay un paraíso de la seguridad. Los giros del mercado son tales que nadie puede saber qué va a tener valor, incluso unos pocos años por delante”.

“Este estado de agitación perpetua es la revolución permanente del capitalismo y creo que va a estar con nosotros en cualquier futuro que sea realísticamente imaginable. Sólo hemos recorrido una parte del camino de una crisis financiera que pondrá muchas más cosas patas arriba”.

¿Qué conclusión saca Gray de todo esto? Sólo esto: que el capitalismo está destruyendose a sí mismo: “El capitalismo ha conducido a una revolución, pero no a la que Marx esperaba. El apasionado pensador alemán odiaba la vida burguesa y miraba hacia el comunismo para destruirlo. Tal y como él predijo, el mundo burgués ha sido destruido”.

Pero luego añade: “No fue el comunismo quien lo hizo. Es el capitalismo el que ha matado a la burguesía”. Esta es una conclusión de lo más peculiar. La burguesía no ha sido “matada” en absoluto, por usar la terminología melodramática de Gray. Está muy viva. Tiene en sus manos la tierra, los bancos y las grandes corporaciones. Toma todas las decisiones fundamentales que afectan a la vida y el destino de millones de personas en el planeta.

Gente como Gray se ve obligada a admitir lo que no se puede negar. Sí, el sistema capitalista está en crisis. Todo el mundo sabe esto. Pero, ¿cuál es el antídoto a la crisis? Si el capitalismo es un sistema anárquico y caótico que desemboca inevitablemente en situaciones de crisis, entonces hay que concluir que con el fin de eliminar las crisis, es necesario abolir el sistema capitalista. Si dices “A”, también se debe decir “B”, “C” y “D”, pero esto es lo que los economistas burgueses se niegan a hacer.

Lo que Gray y gente como él no pueden aceptar es que la crisis del capitalismo puede y va a terminar en la revolución socialista:

“Marx dio la bienvenida a la autodestrucción del capitalismo. Estaba seguro de que se produciría una revolución popular que instauraría un sistema comunista que sería más productivo y mucho más humano. Marx estaba equivocado sobre el comunismo. Donde fue proféticamente correcto fue en su comprensión de la revolución del capitalismo. No es sólo la inestabilidad endémica del capitalismo lo que él entendió, aunque en este sentido era mucho más perspicaz que la mayoría de los economistas de su época y la nuestra”.

Pero ¡espere un minuto, señor Gray! ¿De verdad se imagina que una crisis que está arrojando el mundo al caos, que condena a millones de personas al desempleo, la pobreza y la desesperación, que le roba a la juventud su futuro y destruye la salud, la vivienda, la educación y la cultura… que todo esto puede ocurrir sin que se produzca una crisis social y política? ¿No puede ver que la crisis del capitalismo está preparando las condiciones para la revolución en todas partes?

Esto ya no es una propuesta teórica. Es un hecho. Si tomamos sólo los últimos doce meses, ¿qué vemos? Los movimientos revolucionarios se han producido en un país tras otro: Túnez, Egipto, Grecia, España… Incluso en los Estados Unidos tenemos el movimiento “Okupa Wall Street” y antes que éste tuvimos las protestas masivas de Wisconsin.

Estos dramáticos acontecimientos son una clara expresión del hecho de que la crisis del capitalismo está produciendo una reacción masiva a escala mundial, y de que un número creciente de personas están empezando a sacar conclusiones revolucionarias. Esto fue resumido por Michael Moore en el programa de TV “>BBC Newsnight, cuando llegó a decir que “hay que acabar con el capitalismo”.

“Las naciones occidentales están ahora maduras para la revolución”

Esto es reconocido al menos por algunos de los estrategas del Capital, como Andreas Whittam Smith, un periodista financiero y fundador de The Independent. El jueves 20 de octubre, escribió un artículo con el título: Las naciones occidentales están ahora maduras para la revolución, donde dice:

“Si va a haber un estallido revolucionario, uno no recibe mucho aviso. Escribiendo de las revoluciones europeas de 1848, por ejemplo, un historiador [Peter N Staerns] señaló recientemente: ‘A principios de 1848 nadie creía que la revolución fuera inminente’. Ahora la razón por la que he vuelto a 1848 se debe a que esta fecha se repite continuamente en mi cabeza según se extiende la oleada de protesta contra el capitalismo contemporáneo por todo el mundo.

“Ni París en 1968, ni tampoco 1917 a 1921 cuando, en el caos que siguió a la Primera Guerra Mundial, se estableció el dominio de los trabajadores temporalmente en algunas ciudades alemanas. En lugar de eso, he dirigido mi atención a 1848, cuando gran parte de Europa continental salió a la calle en lo que se hizo llamar la Primavera de las Naciones, o la Primavera de los Pueblos o el Año de la Revolución”.

Whittam Smith, quien admite que estaría “horrorizado ante la perspectiva de la revolución o nada que se le parezca”, sin embargo, cree que hay “una buena razón por la que debemos tener miedo”: el intolerable abismo que se ha abierto entre ricos y pobres. Cita la consigna de “Okupa Wall Street”: “Lo único que todos tenemos en común es que somos el 99 por ciento que no tolerará más la codicia y la corrupción del uno por ciento” y continúa:

“Durante los últimos 25 años, el abismo entre los ingresos de los ricos y los pobres se ha ido profundizando. La disparidad que comenzó a desarrollarse en los EE.UU. y el Reino Unido a finales de la década de 1970 se ha ido extendiendo. Un estudio de la OCDE publicado en mayo mostró que países como Dinamarca, Alemania y Suecia, que tradicionalmente han tenido una baja desigualdad, ya no se escapan”.

“El resultado es que en el Occidente industrializado el ingreso promedio del 10 por cien más rico de la población es de aproximadamente nueve veces mayor que el del 10 por ciento más pobre. Esa es una diferencia enorme. Y si la comparación se hace entre, por ejemplo, la paga de los directores de las grandes empresas en comparación con la de su personal, la diferencia es asombrosa. En muchos casos, los directores ganan 200 veces más que sus trabajadores peor remunerados. En algún momento, esta diferencia excesiva va a causar problemas. ¿Ha llegado ese momento?”. Para volver de nuevo a 1848.

En otro relato, el profesor Stearns escribió que la mayoría de las revoluciones de 1848 estallaron sin orden ni concierto. “Normalmente, solía haber un período breve y confuso de reivindicaciones y manifestaciones, durante el cual la incertidumbre del gobierno contribuyó a prolongar la tensión”.

Hay un claro paralelismo entre esto y lo que vemos ahora. Que el movimiento de protesta actual es confuso en sus objetivos es evidente. Pero refleja un estado de ánimo general de ira que se está acumulando bajo la superficie y que tarde o temprano tiene que encontrar una salida. Una encuesta de la revista Time mostró algunos resultados interesantes:

“EE.UU.: 54% tiene una opinión favorable del movimiento “Okupa Wall Street”, el 79% cree que la diferencia entre ricos y pobres ha crecido demasiado, el 71% cree que los altos directivos de las instituciones financieras deben ser llevados a juicio, el 68% piensa que los ricos deberían pagar más impuestos, sólo el 27% tiene una opinión favorable del movimiento Tea Party (33% desfavorable)”.

Por supuesto, es demasiado pronto para hablar de una revolución en los EE.UU.. Pero está claro que la crisis del capitalismo está produciendo un creciente ambiente de crítica entre amplias capas de la población. Hay un fermento y un cuestionamiento del capitalismo que no existía antes. Se puede decir que estos movimientos de masas carecen de un programa claro, y eso es ciertamente el caso. Pero son sin duda movimientos anticapitalistas, y tarde o temprano, en un país u otro, la cuestión del derrocamiento revolucionario del capitalismo se va a plantear.

¿No hay alternativa?

Los economistas burgueses son tan miopes y estrechos de miras que se aferran al anticuado sistema capitalista, incluso cuando se ven obligados a admitir que está en un estado terminalmente enfermizo y condenado al colapso. Imaginar que la raza humana es incapaz de descubrir una alternativa viable a este sistema podrido, corrupto y degenerado es francamente una afrenta a la humanidad.

¿Es realmente cierto que no hay alternativa al capitalismo? No, no es cierto. La alternativa es un sistema basado en la producción para las necesidades de la mayoría y no el beneficio de unos pocos; un sistema que reemplaza el caos y la anarquía con la planificación armoniosa, que sustituye al dominio de una minoría de parásitos ricos con el dominio de la mayoría que produce toda la riqueza de la sociedad. El nombre de esta alternativa es el socialismo.

Uno puede discutir acerca de palabras, pero el nombre de este sistema es el socialismo –no la caricatura burocrática y totalitaria que existía en la Rusia estalinista, sino una verdadera democracia basada en la propiedad, control y gestión de las fuerzas productivas por la clase obrera–. ¿Es esta idea realmente tan difícil de entender? ¿Es realmente utópico sugerir que la raza humana puede apoderarse de su propio destino y gestionar la sociedad sobre la base de un plan democrático de producción?

La necesidad de una economía socialista planificada no es un invento de Marx o de cualquier otro pensador. Fluye de la necesidad objetiva. La posibilidad del socialismo mundial se deriva de las condiciones actuales del capitalismo mismo. Todo lo que se necesita es que la clase obrera, que constituye la mayoría de la sociedad, se haga cargo del funcionamiento de la sociedad, expropie los bancos y grandes monopolios y movilice al colosal potencial productivo no utilizado para resolver los problemas de la sociedad.

En su Contribución a la Crítica de la Economía Política, Marx escribió lo siguiente:

“Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización”.

Las soluciones a los problemas a los que nos enfrentamos ya existen. Durante los últimos 200 años, el capitalismo ha creado una fuerza productiva colosal. Pero es incapaz de utilizar este potencial al máximo. La crisis actual es sólo una manifestación del hecho de que la industria, la ciencia y la tecnología han crecido hasta el punto en que no se pueden contener en los estrechos límites de la propiedad privada y el Estado nacional.

Hace veinte años, Francis Fukuyama habló del fin de la historia. Pero la historia no ha terminado. De hecho, la verdadera historia de nuestra especie sólo se iniciará cuando se ponga fin a la esclavitud de la sociedad de clases y comencemos a establecer el control sobre nuestras vidas y destinos. Esto es lo que el socialismo realmente es: el salto de la humanidad desde el reino de la necesidad al reino de la libertad.

La crisis actual no es más que una manifestación de la rebelión de las fuerzas productivas contra estas limitaciones sofocantes. Una vez que la industria, la agricultura, la ciencia y la tecnología sean liberadas de las restricciones sofocantes del capitalismo, las fuerzas productivas serían capaces de satisfacer inmediatamente todas las necesidades humanas sin ninguna dificultad.

Por primera vez en la historia, la humanidad estaría libre para desarrollar todo su potencial. Una reducción general del tiempo de trabajo constituiría la base material para una auténtica revolución cultural. La cultura, el arte, la música, la literatura y la ciencia se elevarían a alturas inimaginables.

http://www.luchadeclases.org/economia/internacional/755-imarx-tenia-razon.html

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=140912

http://partealta.ec/opinion/destacados/19249-imarx-tenia-razon

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